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El Mundial terminó. La batalla por el relato recién empieza

El Mundial terminó. La batalla por el relato recién empieza.

Durante el Mundial ocurrió algo que merece ser pensado con más atención.

En cuestión de días comenzaron a circular con enorme fuerza dos narrativas que parecían explicar el torneo desde la geopolítica. Por un lado, Argentina era presentada como la representación de Israel. Por otro, España aparecía como la representación de Palestina. Al mismo tiempo, crecía otra narrativa: Argentina era un país racista, tramposo y moralmente cuestionable. Miles de publicaciones, cientos de videos y millones de visualizaciones instalaron la sensación de que esa era la mirada dominante del mundo.

La explicación más inmediata fue pensar que la opinión pública internacional había cambiado.

Pero esa explicación resulta insuficiente.

Lo que vimos no fue simplemente un cambio de opinión. Vimos una reconfiguración de la distribución de la atención.

Y esa diferencia cambia por completo el análisis.

La equivalencia entre Argentina e Israel, o entre España y Palestina, parte de una simplificación extrema. Es cierto que el gobierno de Javier Milei profundizó un alineamiento político y diplomático con Israel. También es cierto que el gobierno español adoptó posiciones muy críticas frente a la ofensiva israelí en Gaza y reconoció al Estado palestino. Pero reducir sociedades enteras a la política exterior de sus gobiernos significa borrar su historia, su diversidad y sus contradicciones.

Sin embargo, las plataformas digitales no premian la complejidad.

Premian los relatos simples.

Nosotros contra ellos.

Buenos contra malos.

Víctimas contra victimarios.

Esos marcos narrativos condensan conflictos enormes en una imagen fácil de compartir. Y justamente por eso funcionan tan bien dentro del ecosistema digital.

Durante años imaginamos que Internet democratizaría el acceso a la información. Sin embargo, las grandes plataformas dejaron hace tiempo de funcionar como simples canales de circulación. Hoy operan como sistemas de recomendación que seleccionan, jerarquizan y amplifican contenidos de manera permanente.

Ese cambio alteró la naturaleza del poder.

Ya no alcanza con producir un mensaje.

El poder consiste, cada vez más, en decidir cuál de los millones de mensajes disponibles merece ocupar el centro de la conversación pública.

Por eso no hace falta demostrar la existencia de una campaña internacional perfectamente coordinada para explicar lo que ocurrió durante el Mundial.

Basta con comprender cómo funcionan los sistemas de recomendación.

Cuando una narrativa genera más comentarios, más indignación, más tiempo de permanencia y más interacción, las plataformas tienden a amplificarla porque esos indicadores son interpretados como señales de relevancia.

No es que el algoritmo piense.

Fue diseñado para optimizar atención.

Y en ese proceso privilegia, muchas veces, los contenidos que despiertan emociones intensas.

Las narrativas que convertían a Argentina en una extensión de Israel, o que presentaban a los argentinos como un pueblo racista y tramposo, reunían exactamente esas condiciones. No necesariamente porque fueran las más verdaderas, sino porque eran las más eficaces para capturar atención.

Existe evidencia empírica que ayuda a comprender este mecanismo.

En 2018, investigadores del MIT publicaron en la revista Science uno de los estudios más importantes sobre circulación de información en redes sociales. Analizaron 126 mil historias compartidas por tres millones de usuarios durante 11 años. La conclusión fue contundente: las noticias falsas alcanzan a más personas, viajan más rápido y penetran más profundamente que las verdaderas. Una información falsa tiene 70% más de probabilidades de ser compartida. Y el dato más inquietante fue otro: los principales responsables de esa propagación no eran los bots. Éramos nosotros.

Respondemos con mayor intensidad a la sorpresa, al conflicto y a la indignación que a la información confirmatoria.

Los sistemas de recomendación aprendieron ese comportamiento y lo transformaron en un criterio de distribución.

Por eso la desinformación ya no puede entenderse solamente como un problema de contenido.

Es, sobre todo, un problema de arquitectura.

Las plataformas no necesitan decirnos qué pensar.

Les alcanza con decidir qué aparece primero, qué aparece después y qué queda fuera de nuestro campo de visión.

Cuando una misma narrativa reaparece una y otra vez, desde cuentas diferentes, en idiomas distintos y en formatos diversos, produce un efecto especialmente poderoso.

No demuestra que sea verdadera.

Produce la sensación de que todo el mundo piensa lo mismo.

Ese es uno de los mecanismos centrales del poder algorítmico.

No fabrica la realidad.

Organiza las condiciones bajo las cuales una determinada versión de la realidad se vuelve dominante.

El Mundial terminó.

Pero la verdadera disputa nunca fue solamente deportiva.

Fue una batalla por el significado del torneo, por los símbolos nacionales y por la forma en que millones de personas interpretarían lo ocurrido.

La pregunta que deja el Mundial ya no es quién levantó la copa.

La pregunta es quién organiza la atención global.

Porque quien organiza la atención no solo organiza la conversación pública.

Empieza, también, a organizar el horizonte desde el cual interpretamos la realidad.

Las plataformas ya no compiten por decirnos qué pensar. Compiten por decidir qué merece nuestra atención. Y quien organiza la atención termina organizando, en parte, la realidad.

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