En cualquier país del mundo, la llegada de un Mundial de futbol sería motivo de celebración. No solamente por la emoción deportiva, sino por lo que representa en términos económicos: miles de visitantes, hoteles llenos, restaurantes abarrotados, comercios vendiendo más, empleos, inversión y una oportunidad irrepetible para mostrar al mundo la mejor cara de una ciudad.
La capital del país debería estar viviendo precisamente eso. Sin embargo, a unos días de convertirse nuevamente en sede mundialista, lo que vemos son bloqueos, manifestaciones, conflictos políticos, inundaciones, vialidades cerradas, un pésimo transporte público y una creciente sensación de desorden. Lo preocupante no es únicamente la imagen que verán los turistas, sino también el impacto que esta situación tiene sobre millones de ciudadanos y miles de negocios que esperaban beneficiarse de la derrama económica asociada al Mundial.
Durante semanas, las manifestaciones y las inundaciones han paralizado zonas enteras de la ciudad a tal grado que, a dos días de que inicie el Mundial, la presidenta ha emitido un decreto para anunciar medidas extraordinarias para reducir artificialmente la cantidad de personas que circularán por sus calles. Tuvieron ocho años para prepararse para este evento y no lo hicieron y ahora Morena finalmente encontró la forma de mejorar la movilidad: pedirle a la gente que no salga de su casa. Buscan lograr por decreto lo que no han podido hacer a través de inversión y medidas para eficientar el transporte público, el sistema hidráulico y muchas otras cosas.
Lo que debería ser una oportunidad para presumir una ciudad moderna, eficiente y preparada para recibir al mundo, terminó convirtiéndose en una admisión involuntaria de fracaso, porque lo que el decreto reconoce implícitamente es que la infraestructura existente no funciona.
Las grandes capitales aprovechan eventos de esta magnitud para mostrar sus fortalezas y anotar goles. Exhiben aeropuertos modernos, sistemas de transporte eficientes, seguridad, orden, limpieza y capacidad de organización. La Ciudad de México, en cambio, es un desastre. Además de las deficiencias estructurales, la capital parece atrapada entre problemas que el propio gobierno ayudó a construir. Uno de ellos muy visible es la Coordinadora Nacional de Trabajadores por la Educación que todos los días ha tomado avenidas principales. Durante años Morena convirtió a la CNTE en una aliada para desgastar adversarios y acumular capital político. Hoy ese cálculo está cobrando factura y el monstruo que alimentaron toca su propia puerta manteniendo paralizadas zonas estratégicas de la capital.
Pero la CNTE es solamente una parte del problema. La ciudad llega al Mundial arrastrando deficiencias que no pueden ocultarse con discursos optimistas. La planeación urbana parece sustituida por decisiones improvisadas y en lugar de invertir en resolver los problemas de fondo tiran el dinero en frivolidades de mal gusto.
Una ciudad que aspira a ser referente internacional no puede privilegiar la narrativa sobre los resultados y eso es lo que hoy ha hecho el gobierno capitalino. La Ciudad de México tiene todo para ser una de las grandes capitales del mundo, tiene historia, cultura, gastronomía, talento, creatividad y una enorme capacidad económica. Por eso frustra tanto observar cómo una oportunidad histórica termina opacada por errores del gobierno morenista que pudieron evitarse.
El Mundial durará unas cuantas semanas, los reflectores internacionales eventualmente se apagarán y los turistas regresarán a sus países, pero los habitantes de esta ciudad seguiremos aquí enfrentando los problemas que hoy quedan expuestos ante el mundo, y entonces quedará claro que el verdadero desafío nunca fue organizar un Mundial, sino construir una ciudad capaz de aprovecharlo. A unos días del silbatazo inicial, esa sigue siendo la asignatura pendiente de los gobiernos de Morena.
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