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El día en que el mundo despidió a Messi

Tras más de dos décadas de éxitos, el argentino volvió al lugar donde comenzó su historia para afrontar uno de sus momentos más difíciles: decir adiós

Crédito: Instagram / leomessi

Lionel Messi comenzó a llorar antes de llegar al estadio.

Iba sentado en el autobús de la selección argentina, camino al Monumental, y detrás de las ventanillas alcanzaba a ver una multitud vestida de celeste y blanco que había salido a despedirlo. Tenía 39 años, había ganado todo lo que un futbolista puede ganar y era, probablemente, el hombre más admirado de su país. Pero lloraba como el muchacho de Rosario que alguna vez tuvo que irse de casa para perseguir un sueño en Barcelona.

Quizá porque sabía algo que también sabían todos los que estaban afuera: esta vez no habría regreso.

Buenos Aires vivió el martes una de esas noches en las que el deporte deja de ser deporte y se convierte en memoria colectiva. Más de 85 mil personas llenaron el Monumental para ver un amistoso contra Benín cuyo resultado no le importaba a nadie. Habían ido a despedir al hombre que durante 21 años vistió la camiseta argentina y que, sin proponérselo, envejeció junto con ellos.

Clarín encontró las palabras: Messi “atravesó nuestras vidas”. No sólo ganó partidos, Copas América o un Mundial. Atravesó veinte años de la vida de los argentinos. Mientras nacían hijos, morían padres, caían gobiernos, cerraban empresas, cambiaban amores y el país atravesaba una crisis detrás de otra, Messi estaba ahí.

Por eso resultaba tan difícil decirle adiós.

En la cancha apareció una camiseta gigantesca con el número 10 y una palabra: “GRACIAS”. Messi entró acompañado por sus hijos. Sonó el himno nacional, interpretado por un veterano de la guerra de las Malvinas, y volvió a quebrarse. También lloraba Lionel Scaloni. Lloraban compañeros. En las tribunas lloraban hombres que habían visto jugar a Maradona y niños que nacieron cuando Messi ya era Messi.

El fútbol, por una noche, era apenas el pretexto.

Aunque Messi hizo lo que había hecho durante toda su vida: jugar.

Argentina venció 3-0. Dio las asistencias para los goles de Nicolás Otamendi y Nico Paz y después marcó de penal el suyo. El último. Su gol 126 con la selección, en su partido 208. Hasta en la despedida tuvo que dejar una última firma.

Cuando terminó, el mundo comenzó a buscar palabras para contar lo que acababa de ver.

AS, desde Madrid, eligió una sola:

“Inolvidable”.

Y escribió sobre un futbolista que había partido de Rosario, conquistado Barcelona y terminado por conquistar aquello que durante tantos años se le resistió: su propio país. Para el diario español, Messi se marchaba ya instalado entre los inmortales argentinos, junto a nombres que dejaron de pertenecer a una profesión para convertirse en símbolos de una nación.

Italia recurrió a una metáfora inevitable.

“El último tango”.

La Gazzetta dello Sport puso el acento en las lágrimas de Messi, en Scaloni llorando, en el recuerdo de Jorge Messi, su padre, muerto apenas dos meses antes, y en aquella ceremonia de luces y drones sobre el cielo de Buenos Aires. Corriere dello Sport lo llamó simplemente “el rey de Argentina”.

Era difícil encontrar una imagen mejor que la del tango.

Porque la historia de Messi con Argentina tuvo mucho de amor difícil: aproximaciones, desencuentros, orgullo, reproches, abandono, regreso y, finalmente, reconciliación.

A Maradona Argentina lo amó casi desde el principio.

A Messi tuvo que aprender a quererlo.

Durante años le reprocharon haber crecido en España. Le dijeron que no cantaba el himno. Que con Barcelona era otro. Que no tenía el carácter de Diego. Que no sentía la camiseta. Hasta aquella palabra despiadada —“pecho frío”— acompañó a uno de los mejores futbolistas que había producido Argentina.

Y Messi regresaba.

Perdió la final del Mundial de 2014.

Regresó.

Perdió finales de Copa América.

Regresó.

En 2016, después de otra derrota, anunció que se iba de la selección.

Y regresó.

Tal vez ésa sea la parte más hermosa de su historia argentina: Messi no conquistó a su país únicamente porque ganó. Lo conquistó porque volvió.

Hasta que un día ganó.

Primero fue la Copa América de 2021, en el Maracaná y contra Brasil. Después la Finalissima. Y finalmente Qatar.

El 18 de diciembre de 2022 levantó la Copa del Mundo y ocurrió algo que parecía imposible: Argentina dejó de preguntarse si Messi era suficientemente argentino.

Desde entonces, la discusión se invirtió.

Ya no era qué le debía Messi a Argentina.

Era qué le debía Argentina a Messi.

Reuters definió esa relación como una historia de amor “duramente conquistada”. Recordó que la Asociación del Fútbol Argentino ni siquiera detectó inicialmente al niño prodigio que crecía en Barcelona, que España quiso incorporarlo a su selección y que él eligió siempre la camiseta del país donde había nacido.

Se fue como aquello que durante tantos años pareció imposible: un hijo finalmente reconocido por todos.

Desde Francia, L'Équipe puso la despedida entre las grandes noticias deportivas del día. En Brasil, donde cualquier reverencia hacia un futbolista argentino tiene un significado adicional, Folha de S.Paulo relató entre lágrimas la última noche del 10. O Globo escribió que el “gran crack de esta generación del fútbol mundial” había cerrado su historia cubierto de homenajes y reverencias.

Hasta el viejo rival se puso de pie.

Y ésa quizá sea una de las medidas de la grandeza de Messi.

Fue llorado también por los otros.

Neymar, brasileño y amigo, resumió el sentimiento: “No es sólo Argentina la que te agradece”. El agradecimiento, dijo, era del mundo.

En España la despedida tuvo otro matiz. Allí no despedían únicamente al capitán argentino. Despedían al muchacho que habían visto llegar con 13 años, pequeño, tímido y frágil, y que terminó transformando al Barcelona y al fútbol europeo. España había visto crecer al hombre que Argentina recibió después convertido en leyenda.

Por eso AS habló de un Messi “inolvidable”.

Y por eso la prensa española entendió quizá mejor que ninguna otra la extraña geografía de su vida: nació en Rosario, creció futbolísticamente en Barcelona y alcanzó la eternidad vestido de celeste y blanco.

En Inglaterra, The Guardian describió una despedida emotiva, aunque incluso en medio de la ceremonia apareció el Messi de siempre: el jugador todavía capaz de decidir un partido, regalar dos goles y marcar otro. El amistoso podía ser irrelevante; Messi no sabía jugar partidos irrelevantes.

El País puso en su título las palabras que el propio Messi había elegido para la jornada:

“El día más triste de mi carrera”.

Y entonces llegó el momento en que ya no hubo una pelota detrás de la cual esconderse.

Messi tomó el micrófono.

Había preparado muchas despedidas con los pies y ninguna con palabras.

Habló de su padre. Habló de los compañeros. Habló de aquellos años difíciles en los que todo parecía escaparse. Recordó las derrotas, el esfuerzo, los viajes, los Mundiales y esa obstinación por regresar cada vez que parecía que la historia con Argentina estaba rota.

Dijo que se iba en paz.

“Di todo”.

Y probablemente ninguna estadística explique mejor su carrera argentina.

Porque los números son extraordinarios: 208 partidos, 126 goles, 70 asistencias, dos Copas América, una Finalissima y una Copa del Mundo. Seis Mundiales. Más partidos y más goles con Argentina que ningún otro jugador.

Pero los números no explican por qué lloraba un país.

Eso pertenece a otro territorio.

Messi fue el niño que se fue.

El joven al que le reclamaron que no era Maradona.

El capitán que perdió.

El hombre que renunció.

El futbolista que volvió.

Y finalmente el campeón que levantó la Copa del Mundo.

Por eso Olé eligió para su portada una frase mucho más pequeña que cualquier récord:

“Los voy a extrañar”.

Clarín recogió el grito que bajaba de las tribunas:

“No se va, Leo no se va”.

Y el diario Río Negro escribió aquello que probablemente habría firmado cualquier argentino aquella madrugada:

“Gracias capitán, nunca te vamos a olvidar”.

Había algo infantil en ese “no se va”.

Como si repetirlo pudiera impedirlo.

Como si 85 mil personas gritando juntas fueran capaces de detener el tiempo.

No pudieron.

El árbitro Fernando Véjar miró su reloj y, después de 49 minutos del segundo tiempo, hizo algo que ningún argentino quería que hiciera.

Pitó el final.

Messi había tocado por última vez una pelota con la camiseta de Argentina.

Después vinieron los abrazos, las lágrimas, los fuegos artificiales, la música y los drones dibujando su figura sobre el cielo de Buenos Aires. Pero lo importante ya había sucedido.

El número 10 estaba vacío.

Durante más de dos décadas había parecido propiedad de un solo hombre.

Antes había pertenecido a Maradona.

Ahora Argentina deberá decidir qué hacer con una camiseta que pesa más que antes.

Nico Paz, que esa noche marcó uno de los goles después de una asistencia de Messi, tiene 22 años. La jugada pareció una pequeña metáfora: el viejo número 10 entregándole la pelota a quien pertenece al futuro.

Pero no habrá otro Messi.

No porque nadie pueda volver a jugar como él. El fútbol siempre produce genios.

Sino porque nadie podrá volver a ocupar el lugar exacto que Messi ocupó en el tiempo.

Una generación entera aprendió a mirar fútbol viéndolo jugar.

Los niños que lo descubrieron en Barcelona son hoy hombres de cuarenta años. Los padres que llevaron a sus hijos a verlo ya son abuelos. Durante 21 años, Messi permaneció mientras todo lo demás cambiaba.

Tal vez por eso aquella frase de Clarín sea la mejor de todas:

“Messi atravesó nuestras vidas”.

Al final, la despedida no era únicamente suya.

Cada argentino estaba despidiendo también algo propio.

Una infancia.

Un padre con quien vio Qatar.

Un hijo al que llevó por primera vez a un estadio.

Una final perdida.

Un penal atajado.

El grito cuando anotó en el partido contra México en Qatar.

La carrera de Julián Álvarez.

El pase a Molina contra Holanda.

La Copa levantada en Lusail.

La multitud en Buenos Aires.

La vida.

Por eso la Asociación del Fútbol Argentino había elegido una frase magnífica para anunciar aquella última noche:

“Hay bailes que sólo pueden terminar en casa”.

Y Messi volvió a casa para terminar el suyo.

El muchacho que se había marchado de Rosario con 13 años regresaba, 26 años después, después de conquistar prácticamente todo lo que había para conquistar, para hacer algo mucho más difícil:

decir adiós.

El mundo lo contó como pudo.

“Inolvidable”, escribió España.

“El último tango”, dijeron los italianos.

“El rey de Argentina”, tituló la prensa de Roma.

Brasil habló del “fin de una era”.

Los argentinos simplemente dijeron gracias.

Y acaso ésa sea la palabra justa.

Porque los grandes futbolistas ganan partidos.

Los extraordinarios ganan campeonatos.

Unos cuantos ganan Mundiales.

Pero sólo unos pocos consiguen algo que no cabe en ninguna vitrina: instalarse en los recuerdos de millones de personas que un día podrán decir dónde estaban cuando los vieron jugar.

Lionel Messi ya pertenece a ese lugar.

El martes por la noche, después de los homenajes, se quedó todavía un poco más sobre el césped del Monumental.

Como quien demora la salida de una casa en la que ha sido feliz.

Como quien sabe que al cruzar una puerta algo termina para siempre.

Había llegado el momento.

Messi miró las tribunas.

Las tribunas miraron a Messi.

Y durante unos segundos, unos y otro parecieron pedir exactamente lo mismo:

un minuto más.

Pero el fútbol, como la vida, no concede tiempo añadido para las despedidas.

El último tango había terminado.

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