Pedro Derrant En mis veintes, cuando uno debe ocupar el tiempo en construirse una imagen de joven promesa —de la que luego, en sus treinta, es obligación abjurar—, yo era demasiado tímido para competir por premios o por becas. Al fin, a mis 29, sentí que el segundero de la juventud se me agotaba y tuve que sobreponerme por la fuerza: junté mis poemas, publiqué una plaquette y, gracias a ella, me invitaron a encuentros, conocí a otros poetas. Me …
