Diana Álvarez Mejía
El pasado 5 de agosto se conmemoró el fallecimiento de José de Jesús Benjamín Buenaventura de los Reyes y Ferreira, mejor conocido como Chucho Reyes, quien fue uno de los mayores exponentes del arte moderno en México. Su obra se caracteriza por un estilo propio, donde introdujo nuevas inquietudes temáticas y modos de abordar el trabajo estético.
Si algo ha identificado al artista, es el interés que tuvo por la cultura popular, lo que se reflejó sobre todo en el material creativo que usó: el papel china o “papeles embarrados”, como él los llamaba. El uso de este material denota que su producción inició sin pretensiones artísticas, ya que los papeles intervenidos con anilina —que hoy en día son considerados obras de gran calidad— fueron concebidos originalmente como envolturas de regalo, es decir, las obras de arte que hoy pertenecen a grandes colecciones, incluyendo la de Barragán, tuvieron un objetivo utilitario. Ésa fue la grandeza de Chucho Reyes.
Su universo plástico se compuso de una iconografía única: sus famosos gallos y caballos, los cristos, ángeles, flores, arlequines, calacas, entre otros. Todas ellas son figuras que nos remiten a la cultura popular mexicana. Su gusto por lo tradicional se debió a su padre: el escritor, anticuario y coleccionista Buenaventura de los Reyes y Zavala. Por lo tanto, desde corta edad, Chucho Reyes tuvo una formación informal pero destacada alrededor de su oficio; y, a la par, mostró devoción por los objetos de diversos orígenes, los cuales nutrieron su visión sobre las artes populares.
Su reconocimiento trascendió las fronteras nacionales. Pintores como Pablo Picasso o Marc Chagall admiraron su talento y originalidad, incluso se le comparó con el segundo, a tal grado que se le llamó el “Chagall mexicano”. Asimismo, sostuvo amistad con artistas contemporáneos de gran talla, tales como Mathias Goeritz y Luis Barragán. A este último lo aconsejó para la decoración de su Casa Estudio y el Convento de las Capuchinas Sacramentarias; de igual manera, fue Chucho Reyes quien eligió los colores de las Torres de Satélite, obra emblemática de ambos arquitectos.
Chucho Reyes significó más que un pintor. Para la crítica de arte Lily Kasner, constituyó un punto clave en el arte nacional al abrir la puerta, de otra manera, a las expresiones artísticas mexicanas. Y me parece de lo más acertada esta afirmación.
A diferencia de muchos artistas contemporáneos, Reyes respondió a la riqueza popular mexicana desde con su iconografía hasta con el material que usó. Esto último demuestra que su objetivo jamás fue hacer fama de su producción artística, por el contrario, fue un simple placer por crear. Sus trazos sencillos, estridentes y hasta infantiles remiten a un juego entre colores y formas, no a una perfecta mimesis del mundo que lo rodeaba. De ahí el reconocimiento que tuvo de grandes artistas a su alrededor, los cuales no sólo lo admiraron por su originalidad, sino también lo hicieron parte de sus colecciones: David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera, José Luis Cuevas, Frida Khalo, Juan Soriano, entre otros, son un ejemplo de ello.
El hito en la historia del arte mexicana que representa Chucho Reyes es el de saber distinguirse. Fue un artista que rompió con muchos estándares de su época; mientras la mayoría de los artistas buscaron un reconocimiento dirigidos por el ego, Reyes —en su sencillez— encontró en el arte un medio donde el juego y su entorno mexicano fueron los protagonistas.
Recordémoslo en su vigésimo noveno aniversario luctuoso.
*Diana Álvarez Mejía. Poeta e historiadora del arte. Tradujo, junto con Antonio Bohorquez, Me mataría en marzo de Hilda Hilst (2023). Ha publicado en Primera Página, Santa Rabia Poetry y Letralia, tierra de letras.
@dianacartesiana
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