...

Información para decidir con libertad

Apoya el periodismo independiente

Jalisco pos-Mencho

Guadalajara, Jal.- Si hubo un nombre que encarnaba el poder del crimen organizado en el México reciente es el de Nemesio Oseguera Cervantes, El Mencho. No sólo por la violencia atribuida a su organización, sino por el símbolo que llegó a representar, pues en él se incrustó la idea de un liderazgo capaz de desafiar al Estado, burlarse abiertamente de él y sobrevivir durante años.

Su muerte, por supuesto, marca un punto de quiebre y deja un mensaje claro: nadie está realmente oculto. De hecho, Nemesio Oseguera nunca lo estuvo. La relativa facilidad con la que fue ubicado abre preguntas incómodas. Aunque lo verdaderamente revelador no fue el operativo para dar con él en Tapalpa.

Lo que sí muestra el poderío de la estructura criminal en este país es que, horas después de que se confirmó su muerte, Jalisco se vació.

Y lo hizo ante el sonido ensordecedor de las detonaciones, por los vehículos incendiados sobre el Periférico y decenas de carreteras, por las caravanas armadas circulando a plena luz del día y los bloqueos en el estado. Todo eso activó un mecanismo más poderoso que cualquier arma: el miedo colectivo.

Las gasolineras cerraron, los bancos bajaron sus cortinas, los mercados y tiendas suspendieron actividades, y el transporte público dejó de circular. La economía de la segunda potencia más importante del país entró en pausa.

Y mientras las autoridades estatales se quedaron en silencio, la reacción criminal fue inmediata, incluso antes de que hubiera claridad pública sobre el alcance del operativo para dar con El señor de los gallos.

La coordinación federal, que tuvo apoyo de inteligencia estadounidense, logró ubicar y abatir al líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, pero la reacción mostró que la estructura territorial del grupo sigue intacta y con capacidad operativa.

Por cierto, esta no es la primera vez que ocurre algo así. En 2015, el derribo de un helicóptero militar en Villa Purificación ya había dejado claro el poder de fuego de la organización. Lo ocurrido este domingo 22 de febrero confirma que el grupo armado ha sabido capitalizar el poder psicológico.

Detrás de El Mencho se construyó la idea de un jefe criminal sanguinario, sí, pero también la de un mito que creció con violencia desmedida, expansión territorial e intimidación. Y esos mitos no desaparecen tan fácil.

Porque si algo dejó claro el Jalisco pos-Mencho es que un capo puede caer, pero la estructura que lo sostuvo sigue respirando. La ciudad no sólo se encerró por un hombre, sino por el poder que éste representa. Y mientras millones bajaron cortinas y apagaron motores, quedó expuesta otra verdad incómoda: el control territorial no se mide en conferencias ni en comunicados, sino en la capacidad de imponer miedo.

La discusión no es quién ocupará el trono de esa multimillonaria empresa criminal, sino si el Estado está realmente listo para disputar ese poder más allá de un operativo exitoso.