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Lula: el triunfo

A casi dos semanas de lograr la cuarta presidencia, el panorama político se le ha despejado a Lula. Los resultados electorales en Estados Unidos han disipado en amplia medida los temores que estaban presentes en las primeras horas de la victoria, el domingo 25 de octubre. Primero, la amenaza de Bolsonaro tras la derrota, erigirse en el “líder verdadero del Brasil”, huir a Estados Unidos y ser acogido con beneplácito por el presidente Trump. Luego, este último, en su desastre electoral, cuyas amenazas a la economía y la política del país verde-amarelo deberán atenuarse. Ni Bolsonaro tendrá el cobijo para hacerle la vida difícil a lo que en esas primeras horas calificó de “tiranía”; y Trump será, probablemente, menos beligerante en la fijación de aranceles (actualmente en 25 y 15%) y en la intromisión política (la declaración como “bandas terroristas” a grupos delincuenciales, así como las exigencias bajo el pretexto de respetar la “libertad de expresión”).

Pareciera que el alumbramiento de una cuarta presidencia de la República ha traído “torta bajo el brazo”.  Las palabras de Lula en la noche de la celebración fueron contundentes: a) “los brasileños fueron a votar porque logramos convencerlos de que el voto era muy importante para garantizar la democracia”; b) “Brasil no aceptará ser el patio trasero de nadie”.

En contra de todos los pronósticos dados a conocer dos días antes del domingo 25, Lula sería vencido, inclusive con un margen más amplio de lo que había sido la primera vuelta (dos millones). Por ello, el equipo de Lula se concentró en los indecisos y en los votos nulos para esa segunda vuelta. El resultado es que la diferencia fue borrada, a partir del 81% de participación del electorado, con un caudal de 64.3 millones de votos y una ventaja de 4.4 millones. La hazaña, como ha sido calificada, fue captar ¡10 millones de votos más que tres semanas antes! ¿Cómo se le hizo?

Ya se ha difundido ampliamente (Pablo Hernández, Milenio, noviembre 2) lo que bajo el título de “el Ejército de Lula” se identifica como un nuevo paradigma que ha mostrado una enorme eficacia en materia electoral. El ‘comandante’ de ese ejército, el diputado André Janones, adoptó una estrategia con los siguientes pasos tácticos: a) establecer una organización territorial desde muchos meses antes; b) servirse de WhatsApp como plataforma principal, misma que se desdobló en decenas de miles de sitios dentro de esa misma plataforma, a partir de visitas domiciliarias e integrar cada uno de aquellos con amigos, familiares, compañeros de trabajo, conocidos; c) alimentar con buenos materiales (videos) cada uno de esos sitios. Buena parte de los resultados electorales se dieron porque “nueve de cada 10 de quienes recibieron un video del candidato por WhatsApp salieron a votar”. Pero también, como fue la insistencia en los mensajes –y como lo resume Enrique Quintana–, la parte decisiva “provino del temor de millones de personas a perder los apoyos que ya recibían”.

Precisamente, los apoyos permanentes para la población, los recibidos antes de la segunda vuelta, más las grandes promesas de campaña, pronto se confrontarán presupuestalmente con la realidad. La economía brasileña no está en crisis, pero tiene severas limitaciones: monto de deuda (83% PIB), inflación (4.6%), déficit (9.5% PIB), tasa de interés (14%). A esto se suma el desafío político: un Congreso dominado por el partido del candidato perdedor. El fantasma de Dilma Rousseff debería ser una alerta: reelecta en 2014 y depuesta, por esa misma oposición, 19 meses después por “haber violado normas fiscales y maquillar el déficit presupuestal”. Promesa y realidad: una mezcla potencialmente explosiva para un elector impaciente, pregúntenle a Trump. O un buen pretexto para una mayoría legislativa opositora y golpista ¡Ojo Lula!

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