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CochINE

Desde hace casi 20 años, cuando la gente me preguntaba si México podría resolver su problema de seguridad pública, siempre contestaba: claro que sí. Hemos sido ejemplo de cómo resolver nuestros grandes problemas con políticas públicas inteligentes y ordenadas. Usaba tres ejemplos: la explosión demográfica de los 70, la contaminación atmosférica de la Ciudad de México en los 80 y la falta de democracia electoral.

En los tres casos hubo políticas públicas transexenales que tardaron unas dos décadas, desde su diseño hasta su maduración, en dar resultados.

El esfuerzo más profundo, y el que más liderazgos sociales sumó de los que recuerdo, fue precisamente la consolidación del sistema electoral. Sus semillas se sembraron a inicios de los años 90 del siglo pasado, y su destrucción se consumó en el régimen que se autodenominó de la cuarta transformación.

El mundo entero veía como ejemplo al sistema electoral mexicano, casi inmune a los ánimos de los gobernantes en turno de dirigir la voluntad de los electores a su conveniencia. La alternancia política dejó de ser la excepción y se convirtió en la regla. El voto ciudadano se respetaba y los días de elección eran, de verdad, fiestas ciudadanas. Los gobiernos procuraban dar buenos resultados para consolidar su fuerza política en las siguientes elecciones.

Sí, era una maquinaria electoral única y costosa. Pero quienes criticaban sus costos de manera superficial parecían olvidar no solo el costo económico de los fraudes electorales, sino también el costo social y, muchas veces, las vidas perdidas en los conflictos poselectorales.

Todo ese esfuerzo de una generación de mexicanos respetados y respetables desapareció con reformas nacidas del capricho personal de ciertos gobernantes. Reformas que nos llevaron del respeto a la burla hacia un instituto electoral ciudadano del que no queda nada. Quizá unas paredes y unas siglas. La culpa no es de Taddei: ella solo es reflejo de lo que pasa en muchas instituciones antes respetadas.

Por eso hoy ya no estoy tan seguro de mi respuesta: si fuimos capaces de destruir lo que más nos costó construir, ¿con qué confianza podemos emprender otra política de 20 años?

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