Cada vez más se escucha el debate sobre la sustitución de la IA en los trabajos ordinarios de los seres humanos. Hay temor de que las maquinas inteligentes sustituyan la fuerza laboral que hoy existe. Creo que ese temor parte de una premisa que ya es anacrónica.
Deberíamos partir de una nueva premisa: nuestro trabajo no nos define. Lo hemos convertido como una actividad necesaria para nuestra subsistencia derivado de la forma en la que actualmente estamos organizados.
Las sociedades ancestrales no se encontraban organizadas en razón del trabajo divido, el salario, ni siquiera el dinero. Ni siquiera a principios del medio evo. Las actividades económicas primarias eran la fuente del sustento y sobrevivencia hasta hace alrededor de mil años; la riqueza radicaba, entonces, en la posesión de la tierra y el mando sobre las personas que en ella trabajaban.
Esta nueva revolución social creada por el crecimiento exponencial de la inteligencia artificial es, ya, un hecho. Ni es futurista ni es ciencia ficción.
Por eso creo que el debate, en lugar de estar dirigido a prevenir la participación de la inteligencia artificial en los trabajos ordinarios de las personas, debería centrarse en qué haremos las personas cuando los trabajos que desarrollamos sean sustituidos por esas máquinas inteligentes.
En lugar de que seres humanos trabajen para otros seres humanos, existe la posibilidad real de que todas las maquinas trabajen para todas las personas. Para toda la humanidad.
Cuando las maquinas siembren y cosechen, manejen, limpien, cocinen, carguen, cuiden, vigilen, curen, atiendan y realicen todo lo que un humano hace para satisfacer a otro, tendremos una nueva posibilidad y probablemente una necesidad de crecer, reproducirnos y desarrollarnos en una sociedad donde nuestras necesidades básicas sean mucho más fácil de satisfacer que en la actualidad.
Para lógralo, necesitaremos usar nuestra propia inteligencia.
Recomendar Nota
