Más becas. Menos alumnos. Un informe de la UNESCO, reseñado ayer por María Cabadas en El Universal, vuelve sobre una paradoja que hemos abordado en este espacio. Con Morena aumentaron el número de becas y su presupuesto. Al mismo tiempo, cayó la matrícula escolar. El retroceso golpea con más fuerza a los más pobres.
¿Cómo explicar que una política destinada a facilitar la asistencia a la escuela conviva con su abandono?
Una parte de la respuesta está en cómo se repartieron los recursos. Se extendieron las becas, pero se redujo el apoyo que recibían los estudiantes más pobres. Como ha documentado el economista Carlos Mancera, la sustitución de Prospera disminuyó el monto destinado a quienes más lo necesitaban.
Una beca insuficiente no resuelve la disyuntiva entre estudiar y trabajar. Para una familia que necesita completar el gasto, asistir a la escuela puede seguir siendo un lujo. Repartir más apoyos no garantiza que quienes enfrentan mayores obstáculos puedan superarlos.
También se debilitó la corresponsabilidad que vinculaba el apoyo con la asistencia escolar. Una transferencia puede aliviar una necesidad. Su valor educativo depende de que ayude a estudiar y aprender. Confundir ambos propósitos permite presumir beneficiarios mientras se pierden alumnos.
La expansión de las becas también se financió con el desmantelamiento de programas fundamentales para las familias más pobres.
Se eliminaron las Escuelas de Tiempo Completo. Más de 25 mil planteles ofrecían jornadas ampliadas y alimentación a cerca de cuatro millones de niñas y niños. Aprendían más y comían mejor. Sus madres podían trabajar, aumentar el ingreso familiar y ganar independencia. Con una sola decisión se destruyeron oportunidades para dos generaciones.
Llegaron también los recortes a la formación docente, la enseñanza del inglés y la convivencia escolar. A ello se sumó el regreso del poder de los dirigentes sindicales sobre la carrera de los maestros. La educación perdió recursos. Las estructuras de control recuperaron terreno.
Las becas importan. Pero ningún depósito sustituye a un buen maestro, una jornada suficiente o una escuela donde se aprende. Cuando esos elementos faltan, se estrecha el horizonte de quienes más necesitan ampliarlo.
La aparente paradoja revela una lógica política. Una educación de calidad permite elegir un oficio, una carrera o un empleo. Da herramientas para sostenerse, formar un juicio propio y participar en la vida pública. Reduce la dependencia. Hace más difícil la dominación.
La política de Morena avanza en sentido contrario: reparte dinero mientras debilita las condiciones que permiten dejar de depender de él. El beneficiario cuenta en el padrón. Su aprendizaje, su autonomía y su porvenir quedan relegados.
Ahí está la contradicción con su discurso. Dice poner primero a los pobres, pero les quita medios para construir una vida independiente. Cada persona termina convertida en un instrumento para conservar el poder y servirse de él.
Una república exige otra mirada. Cada mexicana y mexicano importa por sí mismo. El gobierno debe crear las condiciones para que cada uno construya su propio proyecto de vida. Con educación, salud, seguridad y trabajo. Con libertad para elegir y fuerza para no someterse.
El poder debe servir a esa libertad. Esa es su razón de existir.
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