Hace unos días celebramos el inicio de la Independencia. Ayer, 27 de septiembre, conmemoramos en silencio su consumación. Hidalgo y Morelos buscaron romper con el poder imperial y transformar la Nueva España. Hidalgo abolió la esclavitud; Morelos imaginó una república de ciudadanos libres e iguales. Aquella insurgencia fue derrotada, pero su símbolo perdura. En 1821, las crisis imperiales europeas facilitaron un acuerdo entre élites que logró la independencia política sin transformar el orden social. México nació con esa contradicción. ¿Qué significa hoy ser independientes?
Braudel comparaba la historia de larga duración con ríos que desaparecen bajo tierra y reaparecen lejos de su origen. Dos siglos después, aquellos problemas resurgen. La soberanía estuvo amenazada: perdimos medio territorio ante Estados Unidos, resistimos la intervención francesa y aprendimos a convivir con el poder estadounidense. Nuestros gobiernos, desde la República restaurada, construyeron márgenes de autonomía para evitar el dilema: sumisión o intervención.
Hoy ese margen se estrecha. El renovado imperialismo estadounidense explica una parte. La otra está dentro de México. Los gobiernos de Morena han debilitado las condiciones de nuestra autonomía. Su discurso nacionalista, síntoma de su debilidad, no puede sustituir la fuerza que el país ha perdido. Regresó el dilema: sumisión o intervención.
La primera condición de la soberanía nacional es la soberanía de cada persona. Ser libre, en la tradición republicana, es ser independiente: desarrollar un proyecto de vida propio sin depender de la voluntad arbitraria de alguien más poderoso. En regiones, esa voluntad pertenece al jefe de la plaza. La política de «abrazos, no balazos» permitió que el crimen organizado extendiera su dominio. Puede haber menos homicidios y, sin embargo, persistir una pax narca. El crimen decide qué se vende, cuándo se circula, qué se celebra y qué se calla. Nadie es independiente si necesita permiso para vivir.
La captura del Poder Judicial por Morena agrava ese sometimiento. Sin jueces autónomos, fiscalías capaces y policías profesionales sujetas a la ley, quedamos expuestos al gobierno y al crimen. El país queda expuesto: la incapacidad de controlar su territorio abre la puerta a la amenaza de intervención estadounidense.
La dependencia tiene otras caras. La arbitrariedad política y la inseguridad frenan la inversión. La economía apenas crece; se estanca el empleo formal y avanza la precariedad. Quien trabaja sin protección, tiempo propio ni ingresos suficientes carece de medios para decidir su vida. Morena destruyó además una reforma educativa que comenzaba a corregir carencias históricas. Una escuela que expulsa jóvenes y no les da conocimientos ni habilidades limita sus opciones y los somete a empleos precarios.
Ese daño trasciende a cada alumno. Sin educación ni ciencia no habrá una economía capaz de innovar, crear riqueza y ofrecer oportunidades. Tampoco habrá autonomía tecnológica frente al exterior. Así se unen los dos problemas que arrastramos desde la Independencia: la dominación dentro del país alimenta nuestra dependencia fuera de él. Morena ha profundizado ambas. La soberanía popular exige que cada persona pueda ejercer su soberanía. No basta invocar al pueblo mientras sus integrantes viven sometidos a poderes que deciden por ellos cada día. Así se vive bajo formas de esclavitud moderna.
Necesitamos un nuevo movimiento de Independencia: una república para el siglo XXI que devuelva a cada mexicana y mexicano el poder de decidir su vida. Recuperar el territorio, garantizar justicia, educar, crear ciencia y abrir oportunidades son tareas de libertad. Solo un país de personas independientes podrá sostener su soberanía frente a otros poderes. Hidalgo y Morelos imaginaron esa emancipación; la consumación de 1821 la dejó inconclusa. Doscientos años después, nos corresponde darle cuerpo. La independencia de México empieza por la independencia de cada mexicana y mexicano.
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