A lo largo de 37 años, Lula ha participado en siete elecciones presidenciales, incluyendo la actual. Su récord es de tres ganadas y tres perdidas. Un altísimo 500 de porcentaje si se tratara de beisbol. La primera, a sus 44, esta última a los casi 81. Ni el pintoresco y audaz Nicolás de Zúñiga y Miranda lo hizo tantas veces frente a Don Porfirio. Esta última será “la vencida”.
Octubre ha resultado ser, electoralmente, un mes muy largo por tantos acontecimientos y sorpresas. Hasta antes del 4, el día de la primera vuelta del proceso, prácticamente todas las encuestas pronosticaban el triunfo de Lula. Después de esa fecha y hasta una semana atrás, el mismo fenómeno se ha dado, pero al revés: Bolsonaro debería ganar la segunda vuelta. Ahora, aunque la diferencia se ha ido estrechando, situándose en lo que se considera un “empate técnico”, un Lula confiante, según sus palabras, y con cierta jactancia, ha venido repitiendo en estos días: “soy muy bueno en la fase de eliminación directa (segunda vuelta) y vamos a convencer al pueblo brasileño de la importancia de seguir adelante . . .”.
Los resultados de la primera vuelta fueron: 56 millones de votos para Bolsonaro, 52.4 para Lula, y 8.7 millones para los tres candidatos restantes. El diferencial de 1.8% entre los primeros ratifica el alto grado de polarización que vive el país. De ahí las medidas y promesas para lograr el triunfo. Entre las más llamativas: Lula consiguió, nueve días atrás, que el Congreso aprobase la semana de 40 horas que, en esencia, significa un día más de descanso para el común de los trabajadores (entre 27 y 37 millones del sector formal); la promesa de incrementar el programa Bolsa-Familia, dinero contante y sonante que ahora beneficia a 20 millones de familias; anuncia una medida para alivio de deudores, situación que abarca a ocho de cada 10 familias del país; la extensión a lo que fue el programa insignia desde su primer mandato, en 2003: Hambre Cero, que nadie se quede sin probar alimento en el día.
Por su parte, entre los principales ofrecimientos de Bolsonaro están: un radical ajuste a la estructura gubernamental (“tijeretazo”: eliminar 10 ministerios y reducir el gasto administrativo) en alrededor del equivalente a ¡40 mil millones de dólares!; reducción de impuestos y tarifas en servicios estatales; un programa de privatización; mano dura contra la delincuencia, incluyendo la construcción de cinco cárceles modelo para albergar a medio millón de internos; una política exterior de acercamiento con los Estados Unidos; a semejanza de Lula, para que las familias con aprietos económicos puedan “saldar y manejar sus deudas”, se destinarían 50 mil millones de dólares, junto con la reducción en las tasas de interés de esos créditos.
Lula está concluyendo su presidencia, en la parte económica, con un promedio anual (2023-2025) de 2.9% en crecimiento económico y 4.6% en materia de inflación; el 2026 cerrará, según estimaciones, en 2 y 4.8%, respectivamente. En política, el electorado le tiene una opinión positiva de 38%, regular de 33% y negativa de 40%. Coincidentemente, esta última proporción es la misma de la ciudadanía que ha dicho que “nunca votaría por Bolsonaro”.
A dos días de la elección, hoy viernes será el segundo y definitivo debate. La corrupción, tema que toca a ambos candidatos será central; sin embargo, en los dos últimos días la Policía Federal ha develado nuevos cargos contra Bolsonaro, agregándole lavado de dinero. El escenario, con toque campirano, pareciera ser: “caballo que alcanza, gana”.
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