En medio de los incontenibles disturbios que viven Francia y –sin comparación posible– otros países europeos, no han faltado los nostálgicos de siempre que han evocado el mayo del 68 para referirse a la rebelión juvenil que comenzó hace unas semanas con demandas estrictamente escolares y ha escalado, de la mano de otros sectores como los “chalecos amarillos”, hasta reclamos relacionados con la carestía y la (muy presente) ausencia de futuro.
Bernard-Henri Lévy ha contestado a esta perspectiva de forma tajante: “Nada más estúpido que la comparación con mayo del 68 de lo que está pasando estos días. Pasión por el remake. Pero el remake se convierte en un fake, el fake en un desastre y el desastre en un caos faccional”.
El caos, por lo demás, tiene cifras iniciales muy alarmantes: dos mil 500 detenidos, tres mil negocios saqueados y pérdidas por cientos de millones de euros, pero también diversos gestos de violencia política que expresan un odio claro hacia las instituciones democráticas; sólo así se entiende la destrucción del Ayuntamiento de Limoges o la posibilidad de que el mismísimo Palacio del Elíseo fuera atacado.
Así se ha llegado irremediablemente al toque de queda, al parecer única alternativa ante las vandálicas jornadas de pillaje y saqueo de las que han participado alegremente millares de personas.
Todo esto hace pensar que no se trata ya de meras protestas sino del choque brutal entre una Francia que se sueña a sí misma como el espacio del progreso, la democracia y la racionalidad, y otra que, quebrada culturalmente en su identidad, sumida en el rezago social y la desigualdad, ha sido fácilmente soliviantada por la izquierda populista y demagógica, pero también por un sinnúmero de agrupaciones extremistas entre las que aparecen incluso grupos islámicos.
El desastre tiene un rostro múltiple y terrorífico. En este sobresale la incapacidad del Estado para dar respuesta a las demandas legítimas de los jóvenes y enfrentar aquellas otras que no pueden ser sino ilegítimas por la forma violenta y bárbara en que se expresan. Para las primeras no hay gasto social que pueda alcanzar, considerando el elevado nivel de endeudamiento que ya tiene Francia; y para las segundas, la provocación es tan brutal que abre un arco de incertidumbre muy peligroso para el conjunto del sistema democrático y la próxima jornada electoral.
Francia está en el desfiladero. La forma en que (esperamos) consiga superar esta crisis, constituirá una lección universal como todas las que esta gran nación ha sabido darnos a lo largo de su historia.
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