Hace apenas unos años, se pensaba que México era capaz de crecer 3% anual de manera sostenida. Hoy esa cifra luce lejana. La mayoría de los analistas consideran que el crecimiento potencial de largo plazo se ubica entre 1.5% y 2%.
Podría parecer una diferencia menor, apenas un punto porcentual o punto y medio. Pero en economía los decimales se acumulan con la lógica implacable del crecimiento compuesto. Creciendo a 3%, una economía duplica su tamaño en unos 23 años; a 1.75%, tarda 39. Dicho de otro modo: si de aquí a 2050 crecemos a 1.75% en lugar de 3%, la economía mexicana será alrededor de 35% más pequeña de lo que pudo haber sido. Son empleos que no existirán, salarios que no subirán y recursos públicos que no tendremos para educación, salud, seguridad o pensiones.
No es que el 3% fuera una cifra admirable. Para un país de ingreso medio, con las carencias que tenemos, era más bien modesta. Pero era mucho mejor que lo que hoy vemos en el horizonte.
El problema se ilustra cuando miramos a nuestros vecinos. Estados Unidos, una economía madura y mucho más rica, tiene una tasa de crecimiento de largo plazo cercana a 2.2%, según los expertos. Es decir, el país más desarrollado del continente crecerá más rápido que nosotros. Esa es la definición misma de divergencia: en lugar de acortar la distancia con las economías avanzadas, que debería ser el objetivo de cualquier país en desarrollo, la estamos ampliando año con año.
Mientras tanto, Guatemala ha crecido desde el 2022 a 4% anual con estabilidad macroeconómica. Guatemala sigue siendo más pobre que México, pero la tendencia es clara: ellos sí están cerrando la brecha, con nosotros y con el mundo desarrollado. Si las trayectorias se mantienen, y afortunadamente para los guatemaltecos, el ingreso por persona en Guatemala alcanzará al ingreso de nosotros y se acercaran al ingreso de los estadounidenses. Mientras nosotros, cada vez nos alejamos más del ingreso de nuestros vecinos del norte.
¿Qué determina el crecimiento sostenido de largo plazo? No hay misterio. Los programas sociales pueden aliviar carencias y el gasto público puede dar impulsos temporales, pero el único motor durable es la capacidad productiva del país: personas mejor educadas y más sanas, es decir, capital humano; inversión privada que acumule activos productivos, como fábricas, maquinaria e infraestructura; y una productividad creciente gracias a la incorporación de ciencia y tecnología. Todo lo demás es coyuntura.
Visto así, el diagnóstico es incómodo. La inversión no despega, la certidumbre jurídica se ha debilitado, la revisión del T-MEC mantiene a los inversionistas a la expectativa, y la educación, la salud y la ciencia no reciben la prioridad que exigiría un proyecto serio de desarrollo. Por donde se le mire, estamos muy lejos de encender esos motores.
La revisión a la baja de nuestro crecimiento potencial no es un dato técnico más para especialistas. Es la medida de cuánto bienestar estamos dejando ir. Y en esta carrera, cada año perdido se paga con intereses.
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