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DISCUSIÓN: Michel Foucault o la fuerza de devenir otrx

A cien años del nacimiento de Michel Foucault, es preciso resuperar, sobre todo, su verdadera fuerza como pensador: la de transforma al lector. A través de una constante autocrítica, que impide a su vez fijarlo en un solo lugar, la obra del francés invita a una autotransformación que no puede dejar intacto a nadie y que va mucho más allá del ámbito estrictamente académico. Este siglo, se concluye en el texto, será por ello foucaultiano.

Imanol López

Michel Foucault nació en una pequeña ciudad francesa llamada Poitiers, un 15 de octubre de hace exactamente cien años. En 1970 escribió, un poco en tono de broma, que tal vez un día el siglo sería deleuziano, refiriéndose a la importancia filosófica de su amigo y colega Gilles Deleuze, quien aún no era la superestrella intelectual en la que se convertiría. Si nos fiamos de los datos de citación de Google Scholar se habría que admitir que, al ser el autor más citado en las ciencias sociales, este siglo es por fin foucaultiano. Y, sin embargo, pese a su omnipresencia, la mayoría de lecturas lo han reducido a algunos lugares comunes del tipo “el saber es poder” o “las escuelas son prisiones”, y su figura ha quedado ‘prisionera’ de las frases lapidarias con las que sus contemporáneos lo marcaron. Jean-Paul Sartre advirtió que su filosofía de la muerte del hombre era “la última trinchera intelectual de la burguesía contra el proletariado” y Noam Chomsky dirá años después que “era la persona más inmoral que jamás haya conocido”. A cien años de su nacimiento, ¿cuál es la relevancia hoy día del pensamiento de Foucault? ¿Cuál es su importancia específica para nosotros en nuestras geografías y nuestros calendarios que, huelga decir, no son los mismos?

Yo estudié filosofía en el Bajío mexicano, en la siempre fiel ciudad de Santiago de Querétaro. En esta facultad Foucault no era considerado un autor importante del canon filosófico, así que en ninguna clase lo revisamos con especial dedicación. Lo consideraban “poco filosófico” y era mejor leer a Descartes, a Husserl o hasta a Heidegger, especializarse en filosofía de la ciencia o en ética aplicada. Foucault era el tipo de filósofo que leían quienes no habían estudiado filosofía y yo, afortunadamente, ya no pertenecía a ese tipo de gente. 

Recuerdo la primera vez que abrí un libro de Foucault. Tenía 19 ó 20 años. Se trataba de Vigilar y castigar. Lo pedí de regalo en un intercambio decembrino porque un compañero de la carrera, que iba varias generaciones arriba, me lo había recomendado. Él y yo nos volvimos cercanos gracias a un mutuo gusto por el metal, así que supuse que sus recomendaciones filosóficas serían igual de valiosas que las musicales. 

Recuerdo abrir el libro y comenzar a leer. A diferencia de muchas otras obras filosóficas, ésta no contaba con prólogo ni introducción. Comenzaba, como se dice en el gremio, in media res. Las primeras páginas me conmocionaron. Relatan el suplicio de un tal Damiens quien, tras ser encontrado culpable de tentativa de regicidio, fue condenado en 1757 a tortura pública en la principal plaza de París (que se encuentra junto al ayuntamiento y que hoy es visitada por millones de turistas al año). Foucault cita con detalle las peripecias de un suplicio donde todo lo que podía salir mal salió peor: los caballos que tiraban de cada extremidad no lo hicieron con suficiente fuerza y terminaron agotados en el piso sin lograr su cometido, hubo que cortar manualmente cada extremidad, el fuego no calentó lo suficiente y el aceite que se le vertió en las heridas apenas si le quemó la piel. En fin: un mal día para ser verdugo. 

Nunca había leído algo así de crudo en un libro que, se suponía, era de filosofía. Sentí como si poco a poco, mi cuerpo se transformara en el cuerpo del condenado hasta terminar convertido en Damiens. Cada oración se volvía un azote sobre mi propia carne. Su sufrimiento era el mío y no podía parar de leer esas grotescas pero fascinantes páginas. Había algo, una suerte de morbo que me revolvía las entrañas pero que me impedía cerrar el libro. Y, unas pocas cuartillas después, en un gesto retórico magistral, Foucault suelta al lector; parece que lo va a dejar por fin respirar pero, en realidad, lo hace caer en la gris monotonía de un reglamento penitenciario de apenas tres cuartos de siglo después. Ambas son formas de castigo (para los detenidos y para el lector) pero no podrían ser más distintas. 

Levantarse, hacer la cama, desayunar, asearse, orar, trabajar, comer, trabajar, ejercitarse, comer, orar, dormir. Cada acción con su horario preciso. Todo organizado de manera milimétrica en un documento que regula cada detalle de la vida de los reclusos. De forma paradójica, ese reglamento me pareció incluso más terrorífico que el predicamento de Damiens. No lo comprendí a cabalidad hasta muchos años después que viví en Francia para estudiar la maestría y trabajé en la educación pública. Los franceses, o más bien los parisinos, tienen una expresión que de seguro resonaba en su cabeza cuando leyeron por primera vez estas páginas en 1975: “métro-boulot-dodo”, que tiene una tonada rimada (se lee acentuando la última sílaba: metró-buló-dodó) y significa algo así como “metro-chamba-jetearse”. Refleja el ritmo acelerado y la monotonía de la vida en las grandes metrópolis. En realidad viene de un poema de 1951 de Pierre Béarn que dice: “En cuanto llegues, chico, registra tu entrada/ para ganar el salario/ de un día monótono y utilitario:/ metro-trabajo-bistro-cigarro-dormir-cero” (todos estos últimos rimando en francés con una acentuación aguda al final).

La consigna “métro-boulot-dodo” fue uno de los estandartes del movimiento obrero y estudiantil de 1968 conocido como el Mayo Francés. En un abrir y cerrar de ojos todas las escuelas y universidades se encontraron en paro, las fábricas tomadas, los edificios públicos ocupados. Cientos de miles de personas en las calles, y Francia entera paralizada por más de diez millones de obreros en huelga general. Entre las reivindicaciones existía una crítica fuertísima al guión que la juventud había heredado de las generaciones anteriores: basta con quedarte en tu carril y ganarás la carrera, sé buen estudiante, aplícate y conseguirás un buen trabajo, sé una buena persona, tendrás pareja y formarás una familia, sé responsable y podrás hacerte de un patrimonio. De repente esta opción no parecía tan atractiva para la juventud precarizada de la posguerra. Los eventos de mayo del 68 transformaron de manera profunda la vida de Foucault y su pensamiento. Vigilar y castigar fue una respuesta directa a estos acontecimientos. El ideal de éxito y normalidad (trabajo, patria, familia) resonaba cada vez con más fuerza en el reglamento penitenciario que Foucault citaba unos pocos años después. Tal vez, ésa es la razón por la que nos parece más terrible: porque es mucho más cercano a nuestras vidas. Y entonces nos preguntamos, ¿qué crimen hemos cometido para que nuestra cotidianidad sea casi indistinguible de la de los adolescentes que tenían la mala suerte de terminar en la Casa para Jóvenes Delincuentes de París? 

Foucault es un autor muy difícil de definir. No se deja clasificar. Demasiado historiador para los filósofos, demasiado filósofo para los historiadores. Si uno abre su primer libro (una monografía casi desconocida sobre enfermedad mental y alienación que publicó con 32 años) y enseguida el último que publicó en su lecho de muerte (el tercer volumen de la Historia de la sexualidad sobre el cuidado de sí en la época helenística), se habría que concluir que se trata de dos autores totalmente distintos que, por azares del destino, se llaman igual. Tanto en estilo como en contenido no podrían ser más desiguales. Y, de cierta manera, es verdad: son dos autores diferentes. El propio Foucault advirtió que la “función-autor” no es más que una ficción que opera como principio de clasificación y regulación de los textos. Pero al escribir uno siempre se transforma.

Para Foucault el acto de escribir no afianza la figura del autor a través de su obra, sino que lo hace desaparecer para que la obra pueda emerger: “Más de uno —anota en La arqueología del saber—, como yo sin duda, escribe para perder el rostro. No me pregunten quién soy, ni me pidan que permanezca invariable: es una moral de estado civil la que rige nuestra documentación. Que nos deje en paz cuando se trata de escribir”. Por eso no se puede sintetizar su pensamiento en unas pocas frases. No es sólo el filósofo del poder o de la cárcel o de la sexualidad. Si algo caracterizó su labor filosófica  fue una constante voluntad de autocrítica y autotransformación que le impedía permanecer inmóvil, le imposibilitaba partir de los mismos presupuestos, y lo obligaba a desplazarse transversalmente frente a su propio recorrido teórico. Advierte en el curso Del gobierno de los vivos:

Sucede que para mí el trabajo teórico no consiste —y no digo esto, en absoluto, por orgullo o vanidad sino, al contrario, por un sentimiento profundo de mi incapacidad—, no consiste tanto en establecer y fijar el conjunto de las posiciones en las cuales me situaría y cuyo vínculo (el vínculo entre ellas) supuestamente coherente constituiría un sistema. Mi problema o la única posibilidad de trabajo teórico del que me sienta capaz sería dejar, según el dibujo más inteligible posible, la huella de los movimientos en virtud de los cuales ya no estoy en el lugar donde estaba hace un momento.

Y es por eso que sus libros conmocionan. No sólo son el retrato de la mutación de quien los escribió, sino que están hechos para provocar una metamorfosis similar en el lector. Uno no puede leer seriamente un libro de Foucault y seguir su vida como si nada. De golpe ya no es posible continuar viviendo como se vivía, amando como se amaba, luchando como se luchaba. De repente todo cambió. Lo que nos parecía tolerable ya no lo es. Lo que jurábamos natural se devela como una invención. Nuestras identidades pierden su estabilidad y nos damos cuenta de que lo que somos no es más que el producto de una serie azarosa de accidentes históricos y nada más. Y sentimos el vértigo de la libertad concreta que se inaugura frente a nuestros ojos. La relación con nosotros mismos y con los demás se abre como un espacio estratégico por conquistar. Ya no es posible permanecer idénticos.

Michel Foucault nació en una pequeña ciudad francesa llamada Poitiers, un 15 de octubre de hace exactamente cien años. Compartía cumpleaños con quien se convertiría en uno de sus más grandes referentes filosóficos: Friedrich Nietzsche. Ambos intentaron llevar al pensamiento más allá de la cárcel académica en la que se encontraba (y se sigue encontrando). Hacer del pensamiento un intensificador de la vida, y a la vida un vector de transformación del pensamiento. Eso es vivir más allá del bien y del mal: hacer escapar las fuerzas vitales del yugo de la moral. Si en algo se pueden conjuntar dos proyectos filosóficos tan dispares como éstos, es que ambos buscan liberar el pensamiento de la figura-hombre (que pese a querer ser universal es siempre un varón, cis-heterosexual, monógamo, blanco, capaz). El humano demasiado humano ha muerto y es nuestra labor propiciar encuentros con otros cuerpos, con otras fuerzas: en síntesis, hay que devenir otrx. Foucault y Nietzsche compartían cumpleaños y no sé cómo alguien puede permanecer escéptico de la astrología tras sopesar este hecho. Hay tantas auroras que no han alumbrado y, cuando lo hagan, el siglo será foucaultiano.

*Imanol López. Maestro en Filosofía por la Université de Paris VIII. Miembro del Instituto Latinoamericano de Estudios Críticos Animales y del comité editorial de la Revista Latinoamericana de Estudios Críticos Animales. Entre sus intereses de investigación se encuentra el antiespecismo, la obra de Michel Foucault y las no monogamias.
@imanollopezb

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