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Las grietas de Morena

Las protestas de médicos del IMSS han paralizado ciudades. No solo reclaman salarios. Denuncian falta de medicinas y condiciones que impiden atender a sus pacientes. Desde 2018, 18 millones de mexicanos han recurrido a la atención privada, pagando por servicios deficientes. Es una grieta más en el modelo de gobernabilidad de Morena.
Ese modelo descansa sobre tres pilares.
El primero es simbólico. Morena, siguiendo la lógica populista, construyó una identidad entre quienes se sentían excluidos, enfrentándolos a una élite que culpaban de sus agravios. A esa fórmula añadió los símbolos más hondos de México: Independencia, Reforma, Revolución y de forma velada a la virgen de Guadalupe a través del nombre de su movimiento. Así se proclamó la cuarta transformación.
El segundo es político. Bajo la ficción de representar al pueblo, desfiguró a la República: sometió al Poder Judicial y desmanteló contrapesos. A la vez, recuperó una vieja fórmula: pactar con poderes fácticos. La tolerancia frente al crimen, la devolución del control de las carreras docentes a los líderes sindicales y la protección de monopolios ampliaron su fuerza.
El tercero es económico. Elevó, con acierto, el salario mínimo; extendió las transferencias sociales; restituyó los monopolios energéticos, y levantó grandes obras de dudosa utilidad. Mantuvo, en un inicio, cierta prudencia macroeconómica y no revirtió por completo la autonomía del Banco de México.
La combinación funcionó. El discurso encontró respaldo en mejores ingresos. El desmantelamiento institucional eliminó obstáculos. Los pactos aportaron control político y apoyos electorales con estabilidad económica.
Pero lo que le dio fuerza comienza a debilitarlo.
Sin contrapesos ni justicia independiente, y con poderes fácticos cada vez más impunes, crece la arbitrariedad. La inversión se frena. La economía apenas avanza. Escasea el empleo formal, aumenta la precariedad y la política energética limita el crecimiento. Los beneficios salariales pierden fuerza ante la falta de oportunidades.
Los aliados también cobran su precio. El crimen organizado gobierna territorios. Sus vínculos con el poder impiden recuperar la seguridad. La incapacidad para garantizar la soberanía interior lleva a la sumisión frente al Imperio. Los dirigentes sindicales dan votos, pero también presionan al gobierno y degradan la enseñanza. Los monopolios protegidos ahogan la competencia.
A ello se suma otra contradicción. Sin crecimiento ni reforma fiscal, ampliar transferencias exige sacrificios. Desaparecieron las escuelas de tiempo completo. Se colapsaron los presupuestos de formación docente, escuelas normales, inglés y se redujo el monto de las becas para los más pobres. La atención médica también se derrumbó: menos vacunas, escasez de medicinas y servicios saturados. El presupuesto para seguridad se estrecha.
Todo esto erosiona la promesa original. ¿Dónde quedó la lucha contra la corrupción? ¿Primero los pobres? ¿El pueblo manda? La renovación simbólica envejece.
No es un derrumbe. Es un desgaste acumulado. Corregirlo exigiría a Morena romper los pactos y desmontar los mecanismos que sostienen su poder. No lo hará.
Mientras tanto, millones de mexicanos pierden su libertad. El crimen decide sobre su vida. El empleo precario consume su tiempo. La escuela no enseña y el hospital no cura. La justicia extorsiona. Se reduce la capacidad de elegir y construir una vida propia.
La oposición tradicional no entiende el agravio. Atrapados en el juego de espejos de Morena, representa involuntariamente a la élite de caricatura que el populismo necesita. Son, como decían los viejos comunistas, tontos útiles.
Una oposición renovada debe escuchar y sentir esos dolores. La indignación la debe transformar en acción. La propuesta debe ir más allá de derrotar a Morena. Debe plantear un proyecto alternativo de nación: una República donde cada persona, trabajando junto con todos los demás, pueda construir su propio proyecto de vida y vivir en libertad.

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