En ocho de las nueve elecciones presidenciales del Brasil, desde 1989, quien ganó en la primera vuelta triunfó en la segunda ¿Una constante estadística o un hechizo electoral? El próximo domingo 25, esa figura casi mítica, querida o repudiada por el electorado, Lula ¿Podrá romper ese último o sólo se confimará la constante?
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Lejos, muy lejos, estaba de imaginar aquel niño de siete años quien, con su madre y siete hermanos se embarcaba en Pernambuco (el corazón del nordeste brasileño) para ir en busca de mejores horizontes al estado de Sao Paulo, a 2,600 kilómetros de distancia. El trayecto, de caminos y carreteras desastrosas, duró 13 días en un camión de carga. La familia desembarcó en Guarujá, ciudad de la playa más cercana a Sao Paulo.
Con una escolarización tardía, sólo aprendió a leer a los 10 años, logrando con ello completar su educación primaria. Desde los 12 empezó a trabajar (bolero, repartidor y lo que apareciera). Se inscribió en uno de los cursos de formación rápida de mano de obra, capacitándose como tornero. A los 14 ingresa a laborar en una empresa que fabricaba tornillos. Destaca pronto en el oficio y a los 20 ya es un experto: gana dinero y viene el matrimonio.
Debido a la influencia de su hermano José, tres años mayor y miembro del Partido Comunista, empieza a figurar con un puesto menor en el sindicato de la empresa. No obstante ello, lo gremial, el empleo y el matrimonio parecían llenarle sus días. Hasta que un acontecimiento mayor trastoca su vida y trayectoria para siempre: la muerte de su esposa embarazada y el hijo nonato. El vacío que dejan esos seres queridos lo vuelca a la vida sindical y, dos años más tarde (1972), ya es el líder de los trabajadores de la empresa. Le bastaron tres años para que ese liderazgo trascendiera a toda la industria metalúrgica, convirtiéndose en el dirigente obrero del ramo con una votación en la que obtuvo el apoyo del 92% de sus más de 100 mil integrantes. Ya estaba listo para lides mayores. Entre esas, las grandes huelgas del sector metalúrgico (1967-1980) y su trascendental efecto político: la fundación del Partido del Trabajo (PT) en aquel último año.
Brasil vivía el proceso que el oficialismo llamaba la “descomprensión del régimen”. Una especie de transición de la dictadura militar que se extendía ya por 15 años y la lucha por redemocratizar al país. Todo eso en medio de una enorme inestabilidad económica y de finanzas públicas acompañadas por protestas políticas, exigiendo elecciones directas para la Presidencia. Aunque esto no se logró, el régimen abrió espacios que permitieron la llegada de Tancredo Neves a la Presidencia de la República en 1985 (figura muy relevante en el periodo constitucional de Getulio Vargas) seguido por José Sarney. El régimen militar se difumina gradualmente y el civilismo ocupa cada vez más espacio.
En ese contexto inicia la trayectoria política de Lula. Primero fue diputado federal en 1986 y, tres años después, reúne la fuerza necesaria para disputar la candidatura presidencial al fenómeno político que fue Fernando Collor de Mello. Después de 28 años, y estrenando Constitución, este era el momento en que la ciudadanía brasileña podía elegir nuevamente a su primer mandatario. La disputa electoral se dirime en la segunda vuelta y Collor derrota a Lula con el 53% de la votación. Ese 47% restante daba ya idea de la enorme presencia que aquél tendría, al grado de, en este 2026, llegar a su séptima batalla electoral por la presidencia del Brasil.
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