Hay colores que duran toda una vida y otros que no llegan ni a la quincena. Al lila del INE le tocó pertenecer a los segundos.
El 9 de septiembre, el Instituto Nacional Electoral anunció que abandonaba el rosa mexicano que había acompañado al IFE y al INE desde el año 2000. Había que buscar nueva identidad porque el rosa, originalmente suyo, había terminado asociado con la Marea Rosa y después utilizado por una nueva organización política en busca de registro. El INE ni las manos metió por recuperarlo. Simplemente cambió de color.
Eligió el lila. Bonito color, ciertamente. Con una pequeña dificultad: tampoco estaba políticamente deshabitado. Muy pronto alguien descubrió que se parecía demasiado a los colores utilizados por el gobierno de Clara Brugada en la Ciudad de México. Aparecieron inevitablemente los ajolotes morados que han poblado puentes y espacios públicos capitalinos. La consejera presidenta Guadalupe Taddei rechazó que hubieran copiado esos colores. De cualquier manera, el lila tuvo una vida institucional más breve que muchos ramos de flores.
El 24 de septiembre hubo que cambiar nuevamente el Manual de Identidad Institucional. Adiós al lila. Bienvenido el gris.
Esta vez el INE explicó que el gris, en sus distintas tonalidades, representaría los valores de “neutralidad e imparcialidad” del árbitro electoral. La nueva paleta incluye gris claro, gris medio, gris cálido, beige, negro y un color particularmente distinguido: gris Oxford.
Oxford suena bien. Evoca universidades centenarias, elegantes trajes masculinos y aquellos galanes del cine de los años cincuenta que podían aparecer impecables con un traje gris y corbata oscura.
Sólo hay un detalle. El gris Oxford tampoco está institucionalmente desocupado.
El Manual Gráfico para el uso de Uniformes, Divisas y Equipo del Ejército, Fuerza Aérea y Guardia Nacional, edición 2026, establece los colores de los uniformes de ceremonias: verde olivo para el Ejército, azul aéreo para la Fuerza Aérea y —adivinaron— gris Oxford para la Guardia Nacional.
De manera que el INE huyó del rosa porque otros se apropiaron de él; permaneció quince días en el lila, demasiado cercano a los ajolotes de la Jefa de Gobierno, y aterrizó finalmente en una paleta cuyo color principal comparte nombre con el que distingue al uniforme ceremonial de la Guardia Nacional.
No estoy sugiriendo una conspiración cromática. Estoy sugiriendo algo más sencillo: no existe el color políticamente neutro.
Y quizá ése sea el error de origen. El INE anda buscando en una carta de colores lo que tendría que demostrar con sus actos. La imparcialidad no es gris, rosa ni lila. Consiste en aplicar las mismas reglas a todos. La independencia tampoco tiene Pantone: se trata de ejercer las facultades propias aunque hacerlo incomode al gobierno, a la mayoría o a la oposición. La imparcialidad del árbitro no se refugia en la tibieza de la neutralidad.
Mientras tanto, algo curioso ha ocurrido. Cada cambio parece apagar un poco más la imagen del INE. Del vibrante rosa mexicano pasamos al lila y del lila a una colección de grises, beige, blanco y negro. Cada vez menos color.
A mí el gris me produce cierta tristeza. Me recuerda una cosa usada, algo que alguna vez tuvo brillo y lo fue perdiendo. Quizá sea injusta con el pobre gris Oxford. Los galanes de los cincuenta demostraron que podía ser elegantísimo. La Guardia Nacional lo porta ahora en ceremonias. Y desde el viernes también lo lleva el INE.
La pregunta es cuánto durará.
Porque si el criterio consiste en encontrar un color que nadie más utilice o que carezca de asociaciones políticas, militares, gubernamentales o partidistas, sospecho que el catálogo se les va a terminar antes que el proceso electoral de 2027. Y que el INE no le eche la culpa de su descolorida imagen a la percepción social de un árbitro que cada vez se distingue menos del jugador más grande y poderoso.
Rosa mexicano: descartado. Lila: quince días. Gris Oxford: acaba de llegar.
Que nadie se encariñe demasiado.
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