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Después de ISIS, antes de nosotros

Hay lecturas que llegan por accidente. En una de mis recientes visitas al oftalmólogo encontré una revista de National Geographic. La portada decía: "Después de ISIS: Irak busca restaurar su vida cotidiana". La leí mientras esperaba y me sorprendieron ciertas coincidencias con la manera en que los cárteles actúan en México. Tomé notas. Me dije: luego te servirán. Y así fue. Llegaron las declaraciones de Trump en la ONU, con la analogía entre ISIS y los cárteles, y desempolvé los apuntes.

Conviene decir primero lo que la analogía no resuelve. Un yihadista mata en nombre de un dios y un cártel lo hace en nombre del mercado. El fin último de uno es el califato y el del otro es la renta. Ahí la comparación encuentra su límite teórico, y quien la use sin reconocerlo hace propaganda, no análisis.

Pero los medios se parecen tanto que es imposible ignorarlos. Estudiosos de la insurgencia criminal, como John P. Sullivan y Robert J. Bunker, llevan años señalándolo. Primero, el teatro del terror: decapitaciones, ejecuciones públicas y videos en alta definición. Los Zetas lo practicaron con esmero, y el CJNG lo heredó. El propósito es idéntico: quebrar al adversario, paralizar a la población y proyectar dominio.

Segundo, ISIS levantó un proto-Estado en Irak y Siria. Los cárteles cobran impuestos (cobro de piso), imparten justicia local y reparten bienes con cálculo utilitario entre comunidades abandonadas para comprar lealtades. Donde el Estado se retira, alguien ocupa el vacío.

Tercero, la hibridación económica. El califato se financió con petróleo de contrabando, extorsión y saqueo de antigüedades. Los cárteles mexicanos hace tiempo dejaron de ser solo traficantes: extorsionan, trafican personas, roban combustible y se infiltran en economías legales.

Cuarto, la militarización. Drones con explosivos, vehículos con blindaje artesanal y tácticas de combate urbano contra fuerzas gubernamentales ya no son exclusivos de Mosul.

Por eso la analogía, bien entendida, no equipara ideologías. Describe soberanías paralelas que ejercen un poder despótico sobre cuerpos y territorios. Para quien lo padece, la diferencia entre bandera religiosa y control del mercado criminal es una abstracción. La pérdida del hogar, la amenaza de muerte inminente y la impunidad del agresor se viven igual.

Ese es el verdadero aviso de la portada. ¿Cómo reconstruir lo cotidiano si aún no admitimos que estamos en guerra?

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