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El racismo de los cobardes

Detrás de las acusaciones del supuesto genocidio en Gaza subyace un antisionismo que poco disimula su fondo antisemita.

Criticar las acciones militares de Israel no es en sí mismo antisemita, lo que resulta sospechoso es la acusación selectiva. El Estado judío es el gran culpable del planeta, mientras que las masacres y devastaciones en Etiopía, Sudán o Ucrania no suscitan la misma indignación. No jews, no news.

La sensibilidad humanitaria se enciende ante Israel y se apaga ante los demás. A Israel se le niega el derecho a existir que se reconoce a otros Estados. Se critica la violencia israelí, pero se calla ante la violencia terrorista de Hamás.

Cuando toda condena termina por recaer, obsesivamente, sobre el Estado judío, se advierte que estamos ante un doble rasero cuya raíz antisemita resulta difícil de ignorar. El antisemitismo es una forma del racismo.

La más reciente manifestación de este tipo de discriminación ocurrió en Granada, ciudad en la que se emitió en 1492 el edicto de expulsión de los judíos de España. Cinco siglos más tarde el Festival de la Universidad de Granada decidió desinvitar a la escritora argentina Ariana Harwicz a participar en la mesa “Oponerse al mundo”. De este modo, las autoridades del festival y la universidad que lo aloja han dejado muy claro que para ellos la forma de “oponerse al mundo” es a través de la censura, la exclusión y la intolerancia.

El escándalo que suscitó esta “desinvitación” fue mayúsculo. Más de 350 escritores hispanoamericanos firmaron una carta en apoyo de Harwicz. John Banville, el autor con mayor renombre invitado al Festival, declinó participar. Por el contrario, los mexicanos Juan Villoro y Brenda Navarro acudirán al festival manchado por la censura, convalidando la exclusión.

Los organizadores y participantes del festival perdieron la oportunidad de ventilar sus diferencias con la escritora argentina. Una actitud democrática exige la tolerancia frente a la disensión. Si no se está de acuerdo con lo que dice un ponente se debate con él, se le hacen preguntas difíciles, se le demuestra que está equivocado con argumentos y razones. Lo que revela la actitud de los organizadores y los escritores que convalidaron la exclusión es miedo a exhibir su intolerancia.

La censura antisemita se ha vuelto moneda corriente en nuestros días, disfrazada de antisionismo. El pretexto actual es el supuesto genocidio en Gaza. No está de más recordar que la máxima instancia mundial en este tema, la Convención sobre el Genocidio de la Corte Internacional de Justicia, no ha dictado sentencia contra Israel.

Se excluye a los escritores judíos, se les pide que “griten más fuerte que el resto consignas antisionistas y trabajen por la destrucción de Israel” (A. Shapire). Mañana les exigirán portar estrellas amarillas en sus trajes.

¿Por qué los que protestan por la violencia militar en Gaza no alzan la voz contra la violencia en Ucrania? ¿Por qué no exigen la exclusión de los artistas y los atletas rusos? ¿Por qué no emprenden un boicot contra las marcas chinas por su persecución de los uigures? Porque ni los rusos ni los chinos son judíos. Ahora el pretexto es Gaza como antes lo fue que los judíos controlaban el mundo o que mataban niños recién nacidos para usar su sangre en la preparación del pan ázimo.

La exclusión de Harwicz se revirtió contra sus acusadores. Esto no hubiera sucedido de no ser por la reacción valiente de la autora argentina. No se quedó callada. Afirmó en una entrevista: “Lo importante es resistir, porque lo otro es estar del lado de los cobardes”.

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