La frase no estaba mal, era el diagnóstico correcto de un país donde la desigualdad parecía una condición permanente, sin importar quien gobernara. Millones la escucharon y creyeron en ella, no por ingenuidad, sino porque describía algo real que otras fuerzas políticas llevaban décadas sin nombrar con esa claridad.
El problema no fue el diagnóstico, fue la distancia entre lo que se prometió y lo que se construyó. Se desmantelaron los contrapesos que habrían permitido verificar si los pobres realmente iban primero. Se concentró el poder precisamente donde más se necesitaba distribuir. Transformaron una causa justa en instrumento de lealtad electoral. Es importante que lo digamos con todas sus letras, MORENA no traicionó a los pobres, los engañó. Porque una traición supone que alguna vez existió la intención de cumplir. Lo que vimos fue otra cosa. La pobreza, la desigualdad y el abandono fueron utilizados como bandera para llegar al poder, y una vez ahí, reprodujeron las mismas desigualdades, la misma concentración de poder, la misma ventaja para unos cuantos, solo con otros nombres.
El problema tampoco se resuelve al rechazar la frase. Hacerlo sería regalarles la narrativa. Mientras sigamos reaccionando al discurso en lugar de disputarlo, el argumento moral sigue siendo de ellos. Cada vez que alguien en la oposición transmite, de manera implícita o explícita, que los más vulnerables no son la prioridad, o que las instituciones importan más que quienes las necesitan, MORENA no necesita defenderse, solo señalar.
La oposición tendría que poder decir, sin miedo, que sí: por el bien de todos, primero los pobres. Pero decirlo de verdad. No de dientes para afuera y demostrar que hacerlo exige instituciones que funcionen, contrapesos que permitan vigilar al poder y servicios públicos que lleguen a quien los necesita. Las instituciones no son un lujo de unos cuantos privilegiados, son para los más vulnerables, la diferencia entre tener un derecho y que ese derecho exista solamente en el papel.
Hay algo más que también vale la pena recuperar, el bien de la causa no es ajeno al bien individual. Una sociedad más justa produce condiciones más estables para todos, incluidos quienes hoy tienen más. La solidaridad no es altruismo puro, debe ser también una forma de inteligencia colectiva.
“Por el bien de todos, primero los pobres” sigue siendo una causa válida. Lo que está en disputa no es la frase, es quién tiene la congruencia y la capacidad de hacerla realidad.
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