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Un nuevo grito de Independencia

La semana pasada, nuestro compañero de páginas José Carreño Carlón hizo en El Universal una observación aguda: mientras celebrábamos la Independencia, cuyo primer movimiento tuvo en la abolición de la esclavitud uno de sus actos simbólicos centrales, millones de mexicanos viven hoy bajo una esclavitud moderna: el miedo impuesto por el crimen organizado.

La insurgencia de Hidalgo y Morelos tuvo un sentido de libertad igualitaria. Buscó la independencia de la nación, pero también la emancipación de quienes vivían sometidos por las jerarquías de la Nueva España. Hidalgo abolió la esclavitud. Morelos propuso soberanía popular, igualdad ante la ley, división de poderes, educación y jueces independientes. Quiso moderar la opulencia y la indigencia.

La Virgen de Guadalupe, como explicó Victor Turner, condensó las aspiraciones de criollos, mestizos, indígenas y afromexicanos. Produjo un momento de communitas: igualdad e identidad compartida. La violencia desbordada y la falta de dirección sofocaron aquella primera insurgencia. Pero su significado permanece: no hay independencia nacional sin emancipación personal.

Para la tradición republicana, libertad significa independencia. En Roma, un esclavo podía hacer cuanto quisiera mientras su amo lo permitiera. Plauto, en sus comedias, se burlaba de esa aparente libertad. Quien depende de una voluntad arbitraria no es libre. Debe agradar, engañar o pedir permiso. El ciudadano, en cambio, vive bajo su propia potestad.

La república existe para proteger esa autonomía. Por eso divide el poder, somete al gobierno a la ley y promueve la participación cívica. Evita que alguien acumule tanto poder que pueda dominar a los demás. Rousseau lo formuló con claridad: nadie debe ser tan rico para comprar a otro ni tan pobre para venderse.

México está lejos de ese ideal. En territorios enteros, el crimen decide quién trabaja, comercia, celebra o guarda silencio. Puede reducirse el homicidio y mantenerse una pax narca. La gente aprende a callar y obedecer. Morena profundizó este problema con sus “abrazos, no balazos” y con las complicidades de sus políticos con el crimen organizado.

La dependencia también aparece en el trabajo. Más de la mitad de los mexicanos labora en la informalidad, sin protección social, certeza ni dominio de su tiempo. Una educación destruida les niega las capacidades para acceder a mejores oportunidades. Los maestros volvieron a depender de la voluntad arbitraria de dirigentes sindicales y son movilizados en favor de Morena. Sin libertad docente tampoco puede haber alumnos libres. La enfermedad obliga a millones a pagar servicios privados que apenas pueden costear. Los programas sociales, presentados con el color guinda, siembran el temor de perder un derecho si cambia el gobierno. Deben ser caminos hacia la independencia, no cadenas de dependencia.

La reforma judicial agravó el sometimiento. Sin jueces autónomos, ciudadanos y empresas quedan expuestos al gobierno, los caciques y el crimen. La arbitrariedad inhibe la inversión, la prosperidad y la movilidad social. Los monopolios hacen lo mismo: concentran poder, limitan opciones y someten a consumidores y empresas pequeñas.

Estas dependencias debilitan la soberanía nacional. Sin control del territorio, Estado de derecho, educación, ciencia ni crecimiento, México enfrenta desde la sumisión el nuevo imperialismo estadounidense. Canadá intenta equilibrar ese poder mediante alianzas y una estrategia propia. Morena responde con discursos nacionalistas hacia dentro y resignación hacia fuera. Quien no construye autonomía interna tampoco puede ejercerla ante el mundo.

Necesitamos un nuevo grito de Independencia: fundar una nueva república del siglo XXI que devuelva a cada mexicana y mexicano el control de su vida. Una república con ley, seguridad, educación, salud y protección social; sin monopolios, caciques ni tutelas partidistas. Solo la soberanía personal de todos podrá reconstruir la soberanía de México.

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