Armando Luna Franco
En este espacio, discutí con anterioridad el nuevo libro de Anton Jäger, Hyperpolitics, y argumenté entonces que él trataba de ponerle un nombre nuevo a un problema viejo: cómo involucrarse en política y mantenerse activo desde la organización social. Lo que parecía una propuesta innovadora es, más bien, un esfuerzo estéril por apelar al apetito de novedad propio de cada generación, a partir de la crisis social y política que compartimos. Dado que mi interés por el tema no es menor, decidí buscar otras explicaciones de lo que llamo, no en referencia a Carlos Salinas de Gortari, la década perdida, los años transcurridos entre 2011 y 2020, concretamente.
La primera década del siglo XXI fue de rupturas y redefiniciones, tras el sueño febril de esperanza que significaron los años noventa del siglo XX. Viene a mi mente un artículo que leí en The Daily Beast en 2015, donde se hablaba de que el verano de 1999 fue el último momento donde la sociedad estadounidense se mostró feliz. Considero que podríamos extender ese juicio al resto del mundo. Ese lapso de dos años, entre el verano de 1999 y los ataques a las Torres Gemelas en Nueva York el 11 de septiembre de 2001, fue un preludio al abrupto inicio del nuevo siglo.
La reorganización del orden internacional y sus implicaciones nacionales tras los ataques terroristas, tanto en materia política como económica, llevaron a una década caracterizada por la guerra contra el terrorismo y lo que se conoce en las relaciones internacionales como el paradigma de securitización. El costo de la guerra y la continuidad de las políticas de liberalización de mercados internos propia del neoliberalismo serían la antesala de la crisis económica de 2008 y el rompimiento del pacto social que sostuvo el consenso liberal tras la caída del muro de Berlín. Al cerrar la década, con la economía mundial en crisis y una guerra perpetua en frentes internos y externos, la sociedad estaba irritada y agotada.
Lo que Jäger llama en su libro antipolítica cubre los años que van entre 2008 y el inicio de la pandemia. Si somos precisos, podríamos circunscribir este periodo hasta la década de 2010, la década perdida. ¿Pero qué perdimos? Perdimos la oportunidad de tomar las riendas de la crisis para cambiar el orden social y político hacia una dirección progresista. A pesar de un sentimiento compartido de indignación, de enojo y de deseo de cambio, los esfuerzos promovidos fueron impotentes al respecto.
Sin embargo, se puede argumentar que esa sensación política sí encontró una salida a través de la política reaccionaria, abiertamente antidemocrática. El trumpismo, el Brexit, Alternative für Deutschland, Viktor Orban, incluso el propio Zelenski en Ucrania: el hervidero social de la crisis económica y el agotamiento del consenso social neoliberal encontró salida en la reacción, antes que en la revolución. La respuesta de Jäger es que la falta de estructura y organizaciones impidió que la politización tuviera una salida progresista, pero no es un hallazgo como tal. Así, me encontré con un libro de Vincent Bevins: If We Burn: The Mass Protest Decade and the Missing Revolution.
Bevins es conocido por su primer libro: The Jakarta Method, un análisis y denuncia de los métodos asesinos de la CIA para apoyar la represión y muerte de organizaciones comunistas durante la Guerra Fría. If We Burn... es su segundo libro, publicado en 2023, y se enfoca en la narración y análisis de las distintas protestas globales que se dieron durante los años 2010. Pone énfasis en la Primavera Árabe, las protestas por transporte público en Brasil durante el primer gobierno de Dilma Rousseff en 2013, las del Euromaidan en Ucrania en 2014, así como las de Hong Kong en 2014 y de Corea del Sur en 2016-17.
Si el libro de Jäger se alimenta, con un grado medio de éxito, en la experiencia angloeuropea para teorizar el problema de la politización sin organización, Bevins abreva de su experiencia periodística como corresponsal en Brasil y otros países para reflexionar desde la crónica de los acontecimientos. Sin embargo, no por ello es un libro desprovisto de un andamiaje teórico o conceptual que le permita llegar a un punto. Bevins plantea un argumento que, en los hechos, me parece más persuasivo que la propuesta de Jäger.
El periodista estadounidense se apoya en la teoría de la política contenciosa, un nombre rimbombante para lo que se conoce en nuestro idioma como la teoría del conflicto social. Dicha teoría se encuentra en la base del estudio de los movimientos sociales y sus estrategias de acción. Este enfoque reconoce el sustrato propiamente conflictivo de la política y la lucha de intereses para alcanzar las metas planteadas, así como los medios de intervención y los recursos requeridos. Así, más que una reflexión abstracta entramos en una discusión concreta de medios y fines.
Desde este enfoque, Bevins plantea que los principales problemas que enfrentaron los movimientos sociales de la década de 2010 fue tratar de ejercer una política prefigurativa en su organización, es decir, tratar de practicar lo que predicaban sin contar con los recursos o el poder para sostenerlo. Intentaban ser movimientos descentralizados, horizontales, democráticos y directos, cuando un conflicto demandaba toma de decisiones eficaces y disposición estratégica de recursos. Frente al aparato estatal y los estamentos sociales, la debilidad organizativa y estratégica de estos movimientos los condenaba al fracaso.
Otro problema fue que iniciaron como luchas o movimientos con un problema concreto, pero al crecer en términos mediáticos se convirtieron en vehículos de demandas ajenas. Lo que inició como un reclamo contra la brutalidad policiaca en Túnez terminó con un cambio súbito de régimen, que no necesariamente desembocó en una revolución popular. Cuando el Movimiento Pase Libre luchó contra el aumento en la tarifa del transporte público en São Paulo, Brasil, no imaginó que su proyección serviría de plataforma para la posterior lucha contra Rousseff y la promoción de su desafuero. Como ostinato: la debilidad organizativa y estratégica hizo que el movimiento perdiera centralidad como causa y móvil.
Por último, el tercer problema fue abrir la puerta a movimientos reaccionarios que, con mejor financiamiento y organización, rápidamente se hicieron del momento político para encauzarlo a su favor. Dal segno al coda: la debilidad organizativa y estratégica, aunada a la incapacidad de hacerse de recursos propios y establecer mensajes claros, facilitó que otros grupos insertaran sus demandas y asumieran el protagonismo. Si la década perdida no logró una revolución, fue porque trataron de correr antes de gatear.
Ahora, esto no es un apoyo o llamado al gradualismo reformista, de ninguna manera. Es más bien un diagnóstico que, a mi parecer, explica mejor el desencanto de nuestra politización actual. No es que la gente hoy esté más politizada pero encuentre menos espacios para organizarse o movilizarse. Esas experiencias nos hicieron más bien cautos de cualquier explosión rebelde en medio de un momento crítico. Nos enseñó que organizarse requiere tiempo y recursos materiales que no siempre están a nuestra disposición. Sobre todo, nos enseñó que es más difícil defender una causa que arropar todas al mismo tiempo. Y tal vez ésa es la lección de la década perdida: hay que ganar terreno una causa a la vez, antes que querer ganar la guerra sin cerrar ningún frente.
*Armando Luna Franco. Ensayista y articulista especializado en política mexicana y pensamiento político contemporáneo. Escribe para Animal Político y Revista Común.
@alunaf_89
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