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Rehacer nuestra democracia

El deterioro de nuestras instituciones electorales –y de otras que son puntales de la democracia– es ya inocultable. Han sido colonizadas, abusadas, pervertidas, despojadas de recursos e infiltradas por el gobierno de la 4T. El INE y el Tribunal Electoral, que alguna vez fueron motivo de orgullo para los mexicanos, han terminado por convertirse en oficinas del gobierno. Poco a poco, sus decisiones han contribuido a desmantelar las salvaguardas indispensables para garantizar una mínima equidad en las contiendas, asegurar que los votos se cuenten bien y se reporten con precisión, impedir los delitos electorales y hacer cumplir la ley en todos sus términos. El terreno ya no es parejo y el árbitro ha dejado de ser imparcial.

Frente a todo ello, un grupo de 450 académicos, investigadores y miembros de la sociedad civil ha formado una amplia alianza para “observar el proceso electoral”, inspirada en aquella Alianza Cívica de hace algunos años que desempeñó un papel fundamental en los albores de nuestra transición democrática. La iniciativa, lanzada por el Instituto de Estudios de la Transición Democrática, encabezado por Ricardo Becerra, tuvo una respuesta inmediata y entusiasta.

Preocupados por la falta de equidad en la contienda, los integrantes de la Alianza Democrática para la Observación Electoral 2026-2027 buscan algo tan elemental como trascendente: asegurar que la voluntad de los ciudadanos sea respetada en las urnas y en el conteo de las boletas. Así de simple. Y así de importante.

No sorprende, pero sí resulta trágico, constatar que, otra vez, muchos de quienes integran esta Alianza fueron activos promotores de elecciones limpias cuando el PRI ejercía el monopolio político y electoral en México. Es triste comprobar que, treinta años después, esos mismos ciudadanos, acompañados ahora por demócratas más jóvenes, tengan que volver a organizarse para recuperar la confianza pública en unos procesos electorales que hoy aparecen cubiertos por graves nubarrones.

Es evidente que muchos de los integrantes de la Alianza conocen perfectamente el sistema electoral. Algunos fueron consejeros del INE; otros, funcionarios de instituciones electorales o incluso ciudadanos que participaron como funcionarios de casilla. Otros quizá no tengan esa experiencia, pero comparten algo más importante: quieren una democracia real.

Precisamente por conocer desde dentro el sistema electoral, han podido advertir lo que está ocurriendo: un proceso particularmente inequitativo, en el que las condiciones de la contienda distan mucho de ser parejas. Y llaman a la ciudadanía a defender la verdadera voluntad de los votantes.

Su advertencia vale doble. No hablan desde la especulación ni desde la distancia, sino desde el conocimiento del proceso electoral. Ven con claridad los riesgos y, al mismo tiempo, ofrecen un camino para enfrentarlos: la observación estrecha de todo el proceso, el escrutinio público de la elección y la vigilancia ciudadana.

Hay experiencias recientes que muestran la importancia de hacerlo. Basta recordar la elección de 2024 en Venezuela, cuando la oposición al chavismo logró recopilar y digitalizar decenas de miles de actas de las casillas electorales y, con ellas, documentar ante el mundo entero el resultado que sostenía haber obtenido en las urnas.

Los promotores de esta iniciativa saben perfectamente que los dados están cargados. Saben que la contienda comienza en condiciones profundamente desiguales, desde que los llamados siervos de la nación, vestidos de guinda y en nombre de Morena o de la presidenta, distribuyen recursos públicos entre los ciudadanos. Saben también que la legislación electoral es violada con frecuencia y, en demasiados casos, con total impunidad. Y conocen muchas otras de las afrentas que hoy pesan sobre nuestra democracia.

Pero no desfallecen. Con terquedad y paciencia, con técnica e inteligencia y, sobre todo, con un ferviente deseo de recuperar nuestra democracia, la Alianza invita a todos aquellos que quieran sumarse a esta tarea. No será una tarea sencilla, pero tampoco es una tarea imposible.

Nuestra democracia necesita ciudadanos dispuestos a vigilarla. Necesita ojos que observen, datos que documenten y voces que denuncien. Necesita, en suma, volver a construir los contrapesos que hemos dejado perder.

Hacen falta muchos. Muchos más.

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