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Parece imagen de inteligencia artificial. No lo es

Esa cueva, como cientos de otras directamente dañadas, estaba cubierta por selva

Crédito: José Urbina Bravo

Esta fotografía la tomé yo, dentro de una cueva que conocimos cuando estaba prístina de la Península de Yucatán, en el corazón del karst que sostiene al Caribe mexicano. En ella se observa la belleza de las formaciones calizas, la profundidad de una perforación que alcanza el agua subterránea y la presencia de un grupo de personas documentando los daños. Lo que parece una imagen imposible, casi generada por inteligencia artificial, es en realidad el registro directo de una intervención humana, que pareciera ausente de inteligencia, sobre uno de los ecosistemas más frágiles y menos comprendidos del planeta.

Esa cueva, como cientos de otras directamente dañadas, estaba cubierta por selva. Bajo ella circula el acuífero que conecta la vegetación, el manglar y el arrecife. Allí donde debía prevalecer la comprensión del territorio, se perforó la roca para introducir estructuras metálicas rellenas de concreto. Allí se derramaron combustibles y aceites, toneladas de cemento, ácidos y basura. Allí hay continua corrosión, Allí donde había agua, biodiversidad, memoria geológica y patrimonio cultural, se impuso una obra cuyos impactos fueron advertidos una y otra vez.

El 13 de septiembre fue proclamado por la UNESCO como el Día Internacional de las Cuevas y el Karst, a partir de una iniciativa impulsada por la Unión Internacional de Espeleología. La fecha recuerda la importancia de estos sistemas: las cuevas y los paisajes kársticos resguardan agua, biodiversidad subterránea, archivos geológicos y un patrimonio natural y cultural invaluable. También recuerda su enorme vulnerabilidad.

Si en vez de escuchar a hoteleros, empresarios y políticos sin escrúpulos se hubiera escuchado a especialistas congruentes, esta cueva —y tantas como ella— seguiría cumpliendo su servicio ecosistémico. Seguiría siendo morada de especies en peligro de extinción. Seguiría protegiendo el agua. Seguiría formando parte de un tesoro natural y cultural, patrimonio de la humanidad, que no nos pertenece destruir, que, por el contrario, tenemos el privilegio de resguardar.

Es verdad que hoteles, casas, carreteras y zonas urbanas han causado impactos similares. Precisamente por eso insistíamos en reparar los errores del pasado y aprovechar las áreas ya impactadas. Sabíamos el daño que esta obra causaría en la selva, en el karst y en nuestra agua. Lo advertimos. Esta imagen es parte de esa evidencia.

Quien defiende esta destrucción o la justifica con demagogia y devoción política se niega a ver el daño al ecosistema. Pero la realidad está ahí: en la roca perforada, en el agua expuesta, en las cuevas intervenidas y en la selva vulnerada.

Que lo aprendido nos sirva para defender con mayor efectividad la selva que cobija el karst, las cuevas y nuestra agua. El paraíso en el que vivimos depende de ello.

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