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Después del moño negro, ¿qué cambió?

Orlando tenía 27 años y era policía vial de León. El 14 de julio, hace casi dos meses, murió por suicidio mientras estaba en servicio. Pasaron las condolencias y los titulares. ¿Qué cambió desde entonces? ¿Los protocolos, las condiciones laborales, la mentalidad de los mandos? ¿O solamente el tema de conversación?

Dos semanas después, el 29 de julio, murió por suicidio un cadete de Infopol, en Celaya. Tenía 23 años. Hay versiones, puerta adentro, de que habría advertido sus intenciones y simplemente lo enviaron a casa para sentirse mejor. De ser cierto, sería profundamente lamentable: una emergencia habría recibido un permiso de salida. Como si cruzar la puerta significara salir del peligro.

Más allá de las versiones, ¿hoy alguien en crisis encontraría una respuesta distinta? No corresponde atribuir estas muertes a una sola causa. Pero sí preguntar qué aprendieron las instituciones.

Al hablar de las atenciones psicológicas al personal en general, un mando de León sostuvo que, aunque el estrés laboral podía influir, predominaban los “temas personales”. No explicaba el caso de Orlando; expresaba su visión de esas atenciones. ¿Esa visión también cambió?

Si esas personas no fueran policías, ¿tendrían los mismos problemas, con la misma intensidad y las mismas dificultades para enfrentarlos?

Las y los policías ven lo peor de la sociedad: crueldad, personas asesinadas, niñas y niños violentados. Llegan a escenas de las que cualquiera querría apartar la mirada. Algunas imágenes no se van al terminar el turno; regresan al cerrar los ojos. Si no fueran policías, muchas de esas escenas jamás formarían parte de su vida. Esa exposición existe independientemente de sus problemas personales.

A ello pueden sumarse separaciones, deudas o conflictos familiares. ¿Se enfrentan igual descansando que después de turnos agotadores? Que el dolor se manifieste en casa no demuestra que el trabajo sea ajeno a él.

La NOM-035 tiene la incómoda costumbre de reconocer las jornadas prolongadas, la interferencia entre trabajo y familia y el liderazgo negativo como factores de riesgo psicosocial. Qué inconveniente: también hay que revisar al mando. La Organización Mundial de la Salud recomienda modificar condiciones laborales y capacitar a quienes dirigen. Al parecer, “échele ganas” no alcanza.

El cambio debe ser concreto: detección temprana, atención médica y psicológica coordinada, acompañamiento familiar, intervención en crisis y seguimiento. Esa es la lógica de un Centro Integral de Atención Policial. También garantizar descanso y corregir prácticas que humillan.

Acudir a consulta no debe generar, por sí mismo, un reporte al superior. Confidencialidad, intimidad personal y secreto profesional sostienen la confianza. Una sesión no es material para el parte informativo. Las excepciones de protección deben limitarse a lo indispensable, conforme a las obligaciones aplicables.

Han pasado casi dos meses. ¿Qué cambió para quienes siguen sirviendo? Si pedir ayuda todavía da miedo, si los mandos siguen llamando “personal” al sufrimiento y las condiciones permanecen intactas, las condolencias son parte de la simulación. Cambiar la fotografía, ofrecer consultas y dejar todo lo demás igual permite aparentar preocupación sin asumir responsabilidades. La simulación consiste precisamente en eso: exhibir el duelo para no corregir el abandono.

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