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De “zarina” chavista a interlocutora de Washington: el ascenso de Delcy Rodríguez

La ahora presidenta interina fue durante años una de las voces más críticas de Estados Unidos dentro del gobierno de Venezuela.

Crédito: @delcyrodriguezv

Durante años, Delcy Rodríguez fue una de las mujeres más poderosas del chavismo sin ocupar nunca el primer lugar. Fue ministra de Comunicación, canciller, presidenta de la Asamblea Nacional Constituyente, vicepresidenta de Nicolás Maduro y, finalmente, ministra de Finanzas y de Petróleo. Se ganó el apodo de "la zarina" por la cantidad de áreas que llegó a controlar. Incluso Maduro, que la consideraba una de sus defensoras más firmes, la llamó alguna vez "la tigresa", sin imaginar que ella iba a ocupar el lugar que él seguramente pensaba que tenía asegurado.

Rodríguez se convirtió en presidenta interina de Venezuela después de que tropas estadounidenses capturaran a Maduro en enero de 2026. Su llegada al poder no fue consecuencia de una elección presidencial, sino el resultado de una sucesión extraordinaria, ordenada por las instituciones venezolanas después de la operación estadounidense y respaldada posteriormente por Washington. El 5 de enero fue juramentada formalmente por su hermano, Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional.

Pero sería un error contar su historia a partir de enero de 2026. Para entonces, Delcy Eloína Rodríguez Gómez llevaba más de una década en el núcleo del poder venezolano, aunque su historia política comenzó mucho antes, en una familia marcada por la izquierda radical. Su padre, Jorge Antonio Rodríguez, fue un dirigente de la izquierda venezolana y fundador de la Liga Socialista, una organización marxista-leninista que adoptó posiciones subversivas durante los años setenta.

En 1976, Jorge Antonio Rodríguez fue detenido por los servicios de inteligencia venezolanos en relación con el secuestro del empresario estadounidense William Niehous. Murió bajo custodia policial. Su familia denunció que había sido torturado, y, como suele pasar en la izquierda latinoamericana, su muerte se convirftió en uno de los símbolos de la represión contra la de aquella época hasta llegar a ser una figura de referencia durante el chavismo.

La fuerte influencia radical en su familia también llevó a su hermano mayor, Jorge Rodríguez, a ser uno de los hombres centrales del régimen. Psiquiatra de formación, fue alcalde de Caracas, vicepresidente de Maduro, jefe de las negociaciones del gobierno con la oposición y, desde 2021, presidente de la Asamblea Nacional. La relación entre ambos hermanos es una de las claves para entender el poder que Delcy acumuló.

Delcy, sin embargo, no entró a la política directamente desde la militancia de su padre. Se formó como abogada, especializada en derecho laboral, en la Universidad Central de Venezuela. Posteriormente pasó alrededor de nueve años entre Francia y Reino Unido realizando estudios de posgrado.

Su carrera política nacional comenzó a crecer durante los gobiernos de Hugo Chávez, cuando Rodríguez fue ocupando distintos cargos dentro del aparato estatal hasta llegar, pero fue hasta el 2013, ya con Maduro al frente del país que llegó a un cargo de importancia al encabezar el Ministerio de Comunicación e Información.

Un año después recibió una tarea mucho más importante, la Cancillería, ese mismo cargo que había ocupado Maduro. Como ministra de Relaciones Exteriores, Rodríguez se convirtió en una de las principales defensoras internacionales de la Revolución Bolivariana. Sus intervenciones contra Estados Unidos y contra gobiernos latinoamericanos críticos del chavismo hicieron parecer que su lealtad al chavismo era infinita. Todo cambiaría unos años después.

Pero mucho antes de pensar en hacerse con el poder, Rodríguez se convirtió en una de las personas a las que Maduro recurría para las tareas más delicadas. Cuando el gobierno creó la Asamblea Nacional Constituyente en 2017 (esto después de que perdieron la mayoría en el Congreso) ella pasó a presidirla. Desde allí, Rodríguez dejó de ser solamente una ministra para ayudar a consolidar la arquitectura política del chavismo.

El siguiente salto fue todavía mayor. En 2018 Maduro la nombró vicepresidenta ejecutiva. Ese puesto la colocó formalmente en la segunda posición del Estado y le permitió acumular influencia sobre áreas que iban mucho más allá de la política exterior. Durante los años siguientes fue también ministra de Finanzas y, desde 2024, ministra de Hidrocarburos. Fue ahí donde su poder adquirió una dimensión distinta. La zarina se quedó al frente de la administración de los recursos del Estado y su principal fuente de riqueza, el petróleo.

Esto también le sirvió para diferenciarse de otros de los funcionarios más ideologizados del chavismo, ya que Rodríguez desarrolló relaciones con empresarios y con compañías extranjeras y participó en encuentros con el sector privado con quien mantuvo contactos, especialmente con empresas petroleras internacionales, entre ellas Chevron.

Aunque el momento que la impulsó a la cima de todo llegó el 3 de enero de 2026, cuando Estados Unidos llevó a cabo una operación militar en Venezuela y capturó a Maduro. Rodríguez se encontraba fuera del país, según fuentes citadas por Reuters, y apareció posteriormente en un mensaje en el que exigía información sobre el paradero y la seguridad de Maduro. En ese primer momento no asumió públicamente que Maduro hubiera dejado de ser presidente.

La situación cambió rápidamente. La Corte Suprema venezolana ordenó que Rodríguez asumiera la presidencia interina y el 5 de enero fue formalmente juramentada. Su posición era extraordinariamente complicada, ya que había sido la vicepresidenta de Maduro y una defensora central de su gobierno, pero ahora tenía que gobernar bajo la presión de Estados Unidos, el país que había intervenido militarmente para sacar a Maduro del poder. Así fue como demostró su verdadera cara.

Durante años, Delcy Rodríguez fue una de las voces más hostiles a Washington dentro del gobierno venezolano. Como canciller defendió al gobierno de Maduro frente a las sanciones estadounidenses, su discurso público estaba asociado con la soberanía, la denuncia de las políticas estadounidenses y la defensa de la Revolución Bolivariana. Después de la captura de Maduro, su primera reacción fue todavía compatible con esa tradición. Pero como presidenta interina cambió rápidamente el tono.

El  5 de enero invitó al gobierno estadounidense a establecer una agenda de cooperación y habló de avanzar hacia una relación “equilibrada y respetuosa” con Washington. Trump respondió favorablemente cuando dijo que Rodríguez había sido “muy buena” y que esperaba que visitara Washington. Poco después, su administración comenzó a trabajar con el gobierno interino en la recuperación del sector petrolero.

La relación no fue, sin embargo, sencilla. En marzo se publicó que la administración Trump estaba preparando un posible caso penal contra Rodríguez como instrumento de presión. Ya en abril, Estados Unidos levantó las sanciones que pesaban directamente sobre ella.

Se puede pensar que Rodríguez, que conoce bien el juego de la política, sabe que Estados Unidos necesita de los recursos que tiene Venezuela, por lo que la negociación no está tan dispareja como se podría pensar. Después de todo, su trayectoria le enseñó cómo ejercer el control político y económico de un país que posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo. Esa combinación podría explicar por qué Washington ha terminado tratando con ella.

Claro que Rodríguez continúa reivindicando la soberanía venezolana y ha insistido en que los recursos naturales siguen perteneciendo al país. Sin embargo, en los hechos, ha cambiado el modelo económico para abrirle la puerta al que en algún momento juró que era su más terrible enemigo.

Y si bien Rodríguez es la cabeza del gobierno, pero no controla necesariamente todos los resortes del poder venezolano de manera absoluta. Uno de sus principales rivales internos es Diosdado Cabello, ministro del Interior y uno de los dirigentes históricos del chavismo, mantiene vínculos con las estructuras de seguridad, con sectores militares y con los llamados colectivos, mismos que han ayudado a mantener el poder en el país sudamericano.

La pugna por el poder sigue. Rodríguez domina buena parte de las palancas civiles y económicas, mientras Cabello conserva influencia sobre sectores de seguridad y sobre una parte importante de la estructura política del chavismo.

La propia Rodríguez comenzó a mover piezas para reforzar su posición. Poco después de asumir la presidencia nombró al general Gustavo González al frente de la Dirección General de Contrainteligencia Militar, una institución especialmente poderosa dentro del aparato de seguridad venezolano.

Además, está Jorge, su hermano que preside la Asamblea Nacional y durante años ha sido uno de los principales negociadores del chavismo con Estados Unidos y con la oposición venezolana. En el nuevo gobierno, su papel ha seguido siendo central.

Mientras la historia todavía no termina de escribirse, la que durante años fue una de las mujeres encargadas de resistir la presión estadounidense, hoy es la mujer con la que Washington negocia el futuro del petróleo venezolano.

Cuenta con su pasado político, que le ayudó a crecer dentro del chavismo, acumular poder a la sombra de Maduro y, ahora, es la más poderosa del país sudamericano. Y mientras las aguas se calman, los venezolanos siguen a la espera de saber si contarán con un futuro más brillante o seguirán sufriendo más de lo mismo, ahora con la venia del antiguo enemigo.

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