En la entrega pasada hablé de la contradicción entre el universalismo consustancial al pensamiento de izquierda y una política de la identidad que acentúa las diferencias entre nosotros. Una política de izquierda contemporánea tiene que habérselas con ambas categorías: necesita hacer de su lucha una lucha universal y necesita reconocer las diferencias y atenuar los esquemas de opresión que pesan sobre ciertos grupos. Lo que me interesa recalcar es que ambas deben ir de la mano y hacerse de forma simultanea. Pero no basta con sostener las dos cosas a la vez: hay que decidir cuál organiza a cuál.
Lo que prevalece actualmente es la idea de que el núcleo de la izquierda es el reconocimiento de las identidades y no el cambio en las condiciones materiales de la existencia —que es la lucha original de la izquierda—. Este cambio se puede rastrear a los años 70, como una respuesta al auge del neoliberalismo. Hobsbawm lo explicó en una conferencia de 1996: el capitalismo aísla a los seres humanos, los despoja de todo anclaje comunitario, y la soledad ensombrece su vida.[1] El resultado es que ese individuo aislado busque escapar de su soledad mediante la búsqueda de lo común, que ya no se encuentra en las condiciones materiales, sino en las simbólicas. El individuo moderno así se edita a sí mismo y se autodefine. Al hacerlo, crea su identidad, reclama reconocimiento y respeto.
Si a eso le sumamos el fracaso de los socialismos reales y la caída del muro de Berlín en 1989, el cuadro se completa. Habíamos llegado al fin de la historia —lo recordarán— y no era casual que la izquierda abandonara el objetivo de cambiar el esquema económico para concentrarse en una distribución que ya no era de bienes sino de reconocimiento y de respeto. El problema es que ahí la izquierda cayó en una trampa. Nancy Fraser dio con la distinción que la nombra: se abandonaron las políticas transformadoras, aquellas que plantean la reestructuración del "marco general implícito". En su lugar, quedaron las políticas afirmativas que corrigen "los resultados inequitativos de los acuerdos sociales, sin afectar el marco general que los origina".[2]
Así, la izquierda empezó a dar batallas cada vez menores. Su radio de acción se estrechó, dejó de convocar a las mayorías por fijarse en núcleos identitarios cada vez más específicos, y abandonó la vocación universalista que abrevaba de lo mejor del pensamiento ilustrado y de la mejor lectura de Marx.
Una vez identificado el problema, no se trata de elegir entre una u otra vertiente del movimiento progresista, sino de rearticular la propuesta en orden de prioridad. Retomar lo mejor de la tradición de la izquierda, asimilando sus propias limitaciones y sin perder de vista el objetivo: una igualdad en donde también quepan las libertades positivas. El reconocimiento no sobra: cabe en la lucha de la izquierda. Lo que no puede hacer es sustituirla.
[1] Hobsbawn citado en: Espinosa, Horacio, “Universalismo insurgente contra las políticas de identidad”, Desacatos, núm.70, septiembre-diciembre 2022, p.198.
[2] Fraser citada en: Peña, Carlos “La política de la identidad: ¿el infierno son los otros?”, Taurus, 2022, p.134.
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