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Soberbia: la epidemia sin vacuna

Durante la historia de la humanidad han existido enfermedades que han provocado millones de muertes. En sus inicios, la mortalidad de los primeros seres humanos en la era ancestral estuvo asociada a traumatismos físicos por accidentes, violencia interpersonal y a una elevada tasa de defunción materno-infantil.

​Conforme se fueron agrupando en comunidades, aparecieron las enfermedades infectocontagiosas. Fue así como en la era agrícola y la Edad Media surgieron epidemias causadas por agentes infecciosos como la viruela, la peste y la tuberculosis. Llegó la era industrial y, con ella, el establecimiento de las grandes ciudades que, ante la falta de higiene, padecían epidemias de enfermedades gastrointestinales como el cólera y la salmonelosis. El hacinamiento y las aglomeraciones facilitaron la dispersión de enfermedades respiratorias, como la llamada influenza española, que provocó más de 50 millones de muertes a inicios del siglo XX.

​En 1928 se descubrió la penicilina y a mediados del siglo pasado se tuvo a disposición el uso masivo de antibióticos. Esto motivó que las enfermedades no transmisibles, como la diabetes, los problemas cardíacos y el cáncer, se convirtieran en las principales causas de muerte desde finales del siglo pasado y principios de este.

​El avance de la biotecnología, así como el desarrollo de la genética y la inmunología, parecían haber encontrado la fórmula para convertir esas enfermedades crónico-degenerativas en padecimientos prevenibles y tratables. Todo parecía alinearse para que estos años se volvieran, una vez más, un parteaguas para la salud. Vacunas contra el cáncer, tratamientos puntuales dirigidos a los cambios genéticos que originan enfermedades en personas mayores y antibióticos de nueva generación nos hacían creer que el futuro había llegado.

​Sin embargo, una nueva y grave enfermedad ha contagiado al mundo. El narcisismo y la ignorancia de los políticos que llevan las riendas del planeta han decidido que su incapacidad dicte la salud pública. Y vaya que nos están enfermando.

​Fuimos testigos de la catástrofe sanitaria que ocurre cuando un político ignorante se atreve a manejar una pandemia, tal como ocurrió en México. Cuando se prefiere invertir en obras inútiles en lugar de aumentar el presupuesto en salud. Pero esto no solo ocurre en nuestro país. Desafortunadamente, esta enfermedad afecta también a Estados Unidos, donde un líder con un comportamiento demencial se ha dedicado a retirar el apoyo económico a fundaciones que protegían al mundo entero. Alguien que considera que las vacunas son más peligrosas que benéficas y, movido por sus dogmas, destruye programas de vacunación infantil.

​En esta nueva enfermedad, los patógenos —es decir, los gobernantes— se sienten inmunes al padecimiento. Creen que el poder y el dinero les permitirán comprar la inmortalidad. Pero el error no solo los afecta a ellos, están condenando a la población mundial a la incertidumbre, provocando que la mortalidad por VIH en África vuelva a elevarse. Vivimos en una realidad donde la inversión en tecnología cambia de prioridades: para ellos es más importante el desarrollo de armas bélicas que el financiamiento para generar vacunas contra el cáncer.

A través de la historia, la ciencia ha sido capaz de derrotar a virus y bacterias, pero ningún microscopio ha logrado aislar la cura contra la soberbia. La verdadera tragedia de esta época no está en los laboratorios, sino en los hospitales y en los hogares, donde personas reales pagan con su vida el precio de la arrogancia política. La pregunta ahora no es si la ciencia podrá darnos más años de vida, sino si nuestra humanidad será lo suficientemente fuerte para sobrevivir a quienes hoy nos gobiernan. ¿Cuántas vidas más serán el daño colateral de su ignorancia?

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