Desde hace un par de años había escuchado e incluso leído varios textos sobre la posibilidad de que alguien llegara a ocupar el consultorio de al lado de mi oficina.
Poco a poco sentí cómo ese espacio se llenaba; de forma intermitente, pero empezaba a dar muestras de su presencia.
Hace dos semanas, la realidad se hizo presente. Llegó LGH, un hombre de 45 años que había sufrido un accidente automovilístico 14 meses atrás. En ese evento sufrió múltiples fracturas, incluida una expuesta del fémur de su pierna derecha. El paciente fue trasladado a un hospital donde fue sometido a una cirugía de urgencia; para reparar la fractura, le colocaron un clavo intramedular y 12 tornillos.
A las tres semanas del procedimiento, LGH presentaba dolor, la pierna estaba hinchada y comenzó a salir un líquido purulento por una de las suturas. Acudió en varias ocasiones con los médicos que lo habían operado; le prescribían antibióticos, pero el problema continuaba. Cuando terminó de contarme su historia, sacó una libreta donde tenía anotadas varias preguntas y me dijo: "Quiero ver si me puedes resolver estas dudas".
Tenía el resultado de un cultivo que mostraba tres bacterias diferentes y traía una lista de los antibióticos que estaba tomando, además de algunos estudios que se había realizado en las últimas semanas. Sus dudas se podían resumir en tres puntos:
- ¿Los antibióticos son los correctos?
- ¿Cuánto tiempo los tengo que tomar?
- ¿Cómo voy a saber que estoy curado?
"Entonces, ¿vienes por una segunda opinión?", le pregunté. Dudó un instante y me dijo que sí. Al revisar sus estudios, me percaté de que los cultivos se habían tomado directamente del sitio por donde salía pus. No tenía un estudio de imagen reciente y, si bien los antibióticos cubrían a los microorganismos cultivados, la combinación resultaba poco ortodoxa. Le comenté lo que pensaba y noté cómo su esposa usaba su teléfono celular, como si estuviera consultando o platicando con alguien más.
Entendí entonces de dónde venía la primera opinión: del consultorio de al lado. El Dr. ChatGPT le había dado las recomendaciones que llevaba siguiendo las últimas cuatro semanas. Por mi mente cruzó decirle que todo estaba mal y que era absurdo tratar un asunto tan delicado de esa forma. Sin embargo, recordé que me había comentado estar harto de las explicaciones de sus médicos anteriores, pues sentía que nunca le resolvían sus dudas.
Decidí entonces invitar al colega del consultorio de al lado a ser parte de la consulta. Le comenté a LGH que le haríamos las preguntas juntos y que discutiríamos las respuestas. Lo primero que pedí al sistema que nos aclarara fue la utilidad real de tomar un cultivo superficial. Esta fue su respuesta: "En el contexto de una osteomielitis crónica, los cultivos de la superficie o del exudado de un trayecto fistuloso son, en general, poco útiles e inadecuados para dirigir el tratamiento antibiótico".
Ya con esa respuesta en la pantalla, fuimos desarrollando juntos la estrategia para el abordaje diagnóstico y el tratamiento. Estoy seguro de que, si me hubiera dedicado a criticar el manejo que había llevado el paciente, solo lo habría confundido más y la confianza con la que salió de la consulta no habría sido la misma.
Desde ese día, decidí invitar frecuentemente al del otro consultorio a mi oficina para discutir casos difíciles, o incluso para integrarlo si el paciente se siente cómodo en una consulta de tres. En estos tiempos que vivimos, tenemos dos opciones: quejarnos del mayor avance tecnológico desde la llegada de Internet, o aprender a trabajar aprovechando la utilidad que nos brinda esta herramienta.
La inteligencia artificial es un copiloto extraordinario con un acceso sin precedentes a la literatura médica, pero carece de juicio y criterio clínico. El reto del médico moderno no es competir contra la máquina, sino saber contrastar su capacidad de procesamiento con la evidencia científica y la realidad de cada paciente. Al final, el algoritmo propone, pero la ciencia médica juzga y dispone.
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