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ARQUITECTURA: “Una casa nunca es inocente”

Andrea S. Chávez

Hace un par de meses entré a la página de Mango buscando una prenda. No recuerdo exactamente cuál. Lo que sí recuerdo es haber reconocido con sorpresa los muros de vidrio, las cortinas color marfil que filtran la luz, el mosaico azul grisáceo del piso, las sillas Bow de cuero color camel y el jardín tropical. La ropa pasó a segundo plano y me detuve a observar las imágenes para confirmar mi sospecha: la campaña Primavera-Verano (SS26) de Mango había sido fotografiada en la Casa de Vidrio de Lina Bo Bardi. 

La Casa de Vidrio fue la primera obra que Lina Bo Bardi construyó en Brasil. Finalizada en 1951, continúa siendo uno de los referentes de la arquitectura moderna latinoamericana porque no intentó domesticar el paisaje, sino convivir con él. Suspendida sobre delgados pilotis y articulada por grandes paños de vidrio, la casa desdibuja el límite entre interior y exterior. La Casa de Vidro funciona hoy en día como sede del Instituto Bardi, una organización dedicada a preservar el legado de Lina Bo Bardi y a mantener abierto al público uno de los patrimonios más importantes de la arquitectura latinoamericana.

Para comprobar que la campaña de Mango efectivamente había sido tomada ahí, consulté varios artículos de revistas de moda. En uno de ellos, cuando vi a la modelo con el blazer azul sobre los mosaicos del piso de la Casa de Vidrio, encontré una frase que hizo eco de mi sensación de extrañeza:  “luego está el escenario, que es casi un personaje en sí mismo. Su arquitectura modernista, rodeada de exuberante vegetación, refleja el espíritu de la colección: ligera, artística y llena de significado” (el subrayado es mío).


*La campaña de Primavera-Verano 2026 de MANGO Selection, la línea más exclusiva de la marca, fue realizada en la Casa de Vidrio. 

Lo que me incomodó al principio fue ver cómo la Casa de Vidrio dejaba de ser protagonista para convertirse en una escenografía obsecuente. La irritación que me provocó es ejemplo de cómo la industria de la moda toma el capital simbólico de Lina Bo Bardi para convertirlo en una mercancía culturalmente legítima comenzó a desplazarse de lugar. Pensé en lo que queda fuera del encuadre y que es mucho menos glamuroso: el jardín necesita podarse; los muros de vidrio, mantenimiento; los documentos, conservación especializada; el mobiliario, restauración; y el archivo, catalogación permanente. Todo esto implica obtener recursos para poder financiar su operación y mantenimiento. 

El Instituto Bardi, como muchas otras instituciones patrimoniales, combina distintas fuentes de financiamiento: alquila parte de la casa, licencia imágenes y recibe aportaciones privadas. A pesar de que en Brasil existen mecanismos fiscales para incentivar la cultura como la Lei Rouanet (bajo la cual el Instituto ha realizado varias exposiciones y proyectos), no bastan para sostener por sí solas a todas las instituciones culturales.  

La dependencia de este tipo de fuentes privadas no es exclusiva del Instituto Bardi. Cuando el financiamiento público resulta insuficiente para cubrir los costos de conservación y operación, las instituciones culturales desarrollan estrategias propias de generación de ingresos: alquilan sus espacios, organizan eventos, licencian imágenes y buscan patrocinadores. El patrimonio deja así de ser únicamente un bien que el Estado debe conservar para convertirse también en un activo que las propias instituciones deben aprender a gestionar y rentabilizar. La responsabilidad de preservar aquello que se considera patrimonio colectivo se desplaza, en cierto grado, hacia la capacidad de cada institución para producir sus propios recursos. La Casa de Vidro no escapa a esa lógica neoliberal aplicada a la cultura. Para conservarse, el Instituto Bardi debe hacer algo en apariencia contradictorio: convertir temporalmente su valor cultural en valor económico. 

Lina Bo Bardi escribió que “una casa nunca es inocente, siempre representa una postura adoptada”. 70 años después, la Casa de Vidro parece representar una nueva postura: la de la supervivencia material. La de un patrimonio que ha aprendido a negociar con el mercado para garantizar su propia permanencia.

*Andrea S. Chávez. Historiadora del arte y antropóloga urbana. Su trabajo explora las relaciones entre arquitectura, ciudad, patrimonio y memoria desde una perspectiva crítica. Escribe sobre cultura visual, espacio público y las formas en que habitamos el territorio.
@Andrea_Vez

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