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¿Quién nos robó el futuro?

Para quienes todavía creen que vale la pena construir el mañana.

Durante generaciones aceptamos una idea que parecía casi natural: mañana sería mejor que hoy.

No necesariamente mañana lunes o el próximo año. El futuro, entendido como ese territorio todavía desconocido al que llegaríamos mediante el esfuerzo individual y colectivo.

Estudia y tendrás mejores oportunidades. Trabaja y podrás construir un patrimonio. Ahorra y tendrás una vejez segura. Participa y mejorarás tu comunidad. Organízate y podrás conquistar derechos. Vota y contribuirás a construir una democracia mejor.

Había una promesa detrás de todo ello: el esfuerzo presente tendría recompensa futura.

Las grandes ideologías de los siglos XIX y XX discreparon ferozmente sobre cómo sería ese futuro. Liberalismo, socialismo, comunismo, desarrollismo, Estado de bienestar ofrecieron destinos diferentes. Pero compartieron una certeza: había que caminar hacia adelante.

Incluso las luchas por la democracia, los derechos humanos y la igualdad de las mujeres tuvieron esa orientación temporal. Cada conquista preparaba la siguiente.

El futuro importaba.

Algo está cambiando.

No creo que las generaciones jóvenes carezcan de futuro. Me preocupa otra cosa: que un grupo creciente, particularmente entre jóvenes educados, informados e inconformes con el estado actual de las cosas, parece asumir que el futuro difícilmente será mejor.

Las preguntas son concretas.

¿Podré comprar una vivienda? ¿Tendré un empleo estable después de estudiar una carrera? ¿Podré ahorrar para mi vejez? ¿Habrá agua suficiente? ¿Servicios de salud? ¿Quién me cuidará cuando envejezca? ¿Las mujeres alcanzarán finalmente igualdad laboral y salarial?

Cuando las respuestas se vuelven inciertas, una vieja ecuación comienza a romperse: esfuerzo presente = bienestar futuro.

Y cuando se rompe, resulta perfectamente comprensible la nueva racionalidad del ahora: aprovecha hoy. Viaja hoy. Consume hoy. Cambia de empleo si te conviene. No pospongas demasiado. Extrae del presente todo lo que puedas porque nadie sabe qué habrá mañana.

Individualmente puede ser sensato. Socialmente plantea un problema enorme.

Porque las sociedades también necesitan futuro.

Zygmunt Bauman llamó “retrotopía” a una de las respuestas a esta crisis. Cuando dejamos de encontrar esperanza adelante, comenzamos a buscarla atrás.

La política deja de ofrecer destinos y comienza a ofrecer retornos.

Make America Great Again” lo expresa admirablemente. La grandeza no está por construirse: supuestamente ya existió. Sólo hay que recuperarla.

Pero ¿a qué pasado queremos regresar?

Los pasados políticos son extraordinariamente maleables. Podemos eliminar de ellos desigualdades, discriminaciones, violencias y autoritarismos, conservar aquello que nos agrada y fabricar una “edad dorada” que probablemente nunca existió.

Por eso la nostalgia del pasado puede ser políticamente peligrosa.

Pero existe otra nostalgia que me interesa más: la nostalgia del futuro.

No es añorar el mundo que tuvimos. Es recordar el mundo que alguna vez pensamos que tendríamos.

El filósofo Ernst Bloch reflexionó sobre aquello que “todavía no” existe. Me interesa invertir por un momento su perspectiva: ¿qué sucede con el futuro que pudo llegar y dejó de parecernos posible?

Hay dos respuestas fáciles.

Una es regresar: buscar atrás el mundo mejor que ya no encontramos adelante.

Otra es rendirse: puesto que el mañana es incierto, ocupémonos solamente de hoy.

Quisiera proponer una tercera.

El próximo viernes cumpliré 75 años. Pertenezco a una generación que creyó que el futuro podía ser mejor y trabajó bajo esa convicción. Vimos avanzar la democracia, los derechos humanos y los derechos de las mujeres. También hemos visto retrocesos que creíamos improbables.

A estas alturas no puedo creer que el progreso sea inevitable. Pero tampoco acepto que el deterioro lo sea.

Hay una diferencia enorme entre certeza y esperanza. La certeza dice: el futuro será mejor. La desesperanza responde: será peor.

La esperanza simplemente afirma: todavía puede ser mejor.

Quizá necesitemos una lámpara como la de Diógenes.

No los grandes reflectores ideológicos que durante dos siglos pretendieron iluminar el destino completo de la humanidad. Una pequeña lámpara que apenas permita ver el siguiente tramo.

Hay futuros que probablemente no veremos. Eso no significa que no nos pertenezcan.

Plantamos árboles cuya sombra disfrutarán otros. Construimos instituciones que esperamos nos sobrevivan. Conquistamos derechos para personas que todavía no han nacido.

Tal vez ése sea el nuevo contrato que necesitamos: trabajar por un futuro cuya recompensa no necesariamente será nuestra.

No quiero regresar al futuro en el que alguna vez creí.

Quiero recuperar algo más importante: la capacidad de creer que todavía vale la pena construirlo.

No sabemos dónde termina el camino.

Encendamos la lámpara.

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