Tres evidencias. En seguimiento a un sugerente análisis de Salvador Camarena sobre la sucesión de Claudia Sheinbaum, a partir de la explícita descalificación del allegado a la presidenta, García Harfuch, hecha en El País por un allegado a López Obrador, Pedro Miguel, se confirman tres evidencias. La primera, la premura para saltar, desde el interior del régimen, al final del actual periodo presidencial, cuando la presidenta no cumple ni dos años en el cargo y por tanto le quedan más de cuatro de vida a su sexenio. La segunda, el reconocimiento de que ya empezó la guerra interna por la definición del candidato presidencial para las elecciones de 2030. Y, tercera, que el primer objetivo a derribar por quienes abren el fuego es la expectativa de una candidatura del secretario de Seguridad.
¿Para qué? En los cánones de la política mexicana, la aparición del tema sucesorio anuncia las postrimerías de los sexenios. ¿Por qué la prisa? ¿Cuál es el propósito de tal urgencia? Como lo sugiere Camarena, el primer choque se da entre dos perfiles. Por un lado, quienes sirven con propiedad a la presidenta Sheinbaum en las funciones de gobierno y han contenido su desplome. Así los menciona el periodista: “Harfuch, Roberto Velasco en SRE, Marcelo Ebrard en Economía y hasta Edgar Amador en Hacienda”. Y, por otro lado -y esto ya es inferencia mía- quienes sirven a López Obrador en la contención del actual gobierno.
El veto. Salvo a Pedro Miguel, Camarena no identifica a otros. Pero el veto a García Harfuch parece un veto al escalamiento de la lucha contra los cárteles hasta sus contrapartes en el régimen: acaso el temor central de AMLO y los suyos. Y ello incluiría sus presiones para evitar la entrega de los indiciados en Estados Unidos, porque saben demasiado.
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