Jorge Aguilera
Entre los años sesenta y ochenta del siglo XX, emergió en México un grupo de autores cuyas propuestas poéticas transitaron desde 1) un inicial e intencionado desconocimiento de su obra por parte del campo literario mexicano, hacia 2) un limitado interés por su lectura como autores de culto en el mejor de los casos, hasta 3) llegar a un progresivo reconocimiento institucional y una creciente difusión de su obra en los años más recientes: Enrique González Rojo Arthur (EGRA) (1928-2021), Leopoldo Ayala (LA) (1939-2018) Max Rojas (MR) (1940-2015) y Roberto López Moreno (RLM) (1942). La lectura transversal de algunos elementos destacables y comunes a los cuatro puede ayudar a explicar este tránsito: sus posiciones y militancia políticas, algunos datos biográficos y la evidencia de que se trata de obras de largo aliento, proyectos poéticos que requirieron algún tiempo para poder entenderse dentro de un canon como el de la poesía mexicana contemporánea, refractaria en un inicio a reconocer el valor de discursos discordantes con las estéticas hegemónicas que se habían desprendido de la “tradición de la ruptura”, elaborada por Paz y que llega hasta la conformación de los que Evodio Escalante denominó la “vanguardia Blanca” en los años ochenta: la progresiva desideologización y la refracción a todo lo que significara compromiso político en nuestra poesía.
A contracorriente del entorno latinoamericano (donde la tensión política que implicó la Revolución Cubana, la represión emanada de las diversas dictaduras militares y las experiencias guerrilleras durante esta época produjeron un creciente compromiso político en un amplio conjunto de escritores de la región), la tradición poética mexicana de estos años se cimentó sobre textos de limitada interacción con los conflictos sociales y políticos arriba enumerados. Es cierto que la represión del 2 de octubre en Tlatelolco produjo un amplio corpus de poemas (1) y que casi no hubo un poeta importante que dejara de escribir sobre el tema: empezando por el propio Octavio Paz, aparecieron muchos poemas alusivos al acontecimiento, incluyendo autores poco identificados por la enunciación de la realidad política en su obra: Jaime Sabines, Rosario Castellanos, Elsa Cross e incluso Gabriel Zaid tienen al menos un poema referente al 68 y en algunos casos libros completos inspirados en la matanza de Tlatelolco (el caso superlativo suele ser el de José Emilio Pacheco, quien a partir de esta fecha mudó su registro poético hacia una poética de denuncia social). No obstante, fuera de este momento concreto, en términos generales la idea del compromiso político en la literatura mexicana sufre un menoscabo tal que, desde entonces, se la ve con recelo, como si el poema cargara un fardo por el hecho de nombrar de forma explícita determinantes políticas y sociales. Los juicios críticos, empezando por la Crónica de la poesía mexicana de José Joaquín Blanco, pasando por los ensayos de Gabriel Zaid (Leer poesía) y llegando hasta las descalificaciones enconadas de Christopher Domínguez Michael (“La muerte de la literatura política”), por señalar algunos ejemplos destacados del periodo, convergen en la idea de que es un despropósito hablar de “literatura política”, que cualquier obra que se asuma como “comprometida” con una causa política o social deberá padecer el peso del panfletarismo, condena muy socorrida por los críticos y que más tiene de etiqueta que de descripción, más apunta a lo ideológico que a lo estético.
Detrás de esta descalificación, existe una construcción hegemónica de la idea sobre el deber ser del poema y la poesía como algo ahistórico, idea que, como se sabe, había sido enunciada ya por Octavio Paz en 1956 en El arco y la lira. No es éste el lugar para diseccionar la transformación de las ideas de Paz entorno de la ahistoricidad de lo poético y su repulsa a todo aquello considerado “literatura comprometida”. Baste señalar su juicio al respecto; en un artículo de 1975, afirma:
Lo que me prohíbe adherirme a la dudosa y confusa doctrina del «arte comprometido» no es tanto una reserva de orden estético como una repugnancia moral: en el siglo XX la expresión «arte comprometido» ha designado con frecuencia a un arte oficial y a una literatura de propaganda. […] La «literatura comprometida» ha sido doctrinaria, confesional y clerical. No ha servido para liberar sino para difundir el nuevo conformismo que ha cubierto el planeta de monumentos a la revolución y de campos de trabajo forzado. (2)
Si bien existe una genealogía del compromiso político en la poesía mexicana canónica (Leduc, Pellicer, Huerta, el primer Paz, Pacheco, La Espiga Amotinada), ésta ha sido subsumida siempre en la idea de ser una etapa, una anécdota o un franco error. En contraste, existe una nómina extensa de poetas nacionales cuya obra ha sido denostada, invisibilizada o francamente combatida por apartarse de la idea anterior: un recuento mínimo incluiría entre otros, al Estridentismo, Carlos Guitérrez Cruz, Ramón Martínez Ocaranza, Aurora Reyes, Margarita Paz Paredes, Nancy Cárdenas, Abigael Bohorquez y, por supuesto, a EGRA, LA, MR y RLM. Todos ellos, susceptibles de ser identificados en el espacio que Evodio Escalante describe de la siguiente manera:
Entre la memoria y el olvido hay una tercera zona, la del limbo, un ámbito habitado por fantasmas que nadie reconoce, y de los que no se tiene a menudo la menor idea. Al limbo ingresan todos aquellos entes que por alguna extraña razón o circunstancia nunca adquirieron una presencia real. Existieron pero nadie los recuerda, se afanaron pero pasaron inadvertidos, levantaron el puño contra los grandes tótems y peces gordos de la hora, pero estos esquivaron el golpe de manera magistral y los dejaron girando en el vacío. (3)
En 1976, Enrique González Rojo Arthur escribió un artículo titulado “Prolegómenos a una sociología de la mafia literaria”. Ya para este año, EGRA había transitado por el Poeticismo, había militado en el Partido Comunista Mexicano (PCM) y en la Liga Leninista Espartaco al lado de José Revueltas, además de publicar en 1972 el primer tomo de Para deletrear el infinito. Por tanto, las ideas enunciadas en estos prolegómenos son el resultado de una experiencia que no sólo conocía, sino el anuncio de lo que padeció hasta ya iniciado el siglo XXI:
Dada la base material de que dispone subvencionada de modo directo o indirecto por el estado capitalista, la mafia dominante ejerce, además, la censura dominante. […] La mafia censura, discrimina, prohíbe. Se hace pasar por la historia y lo hace no sólo respecto al presente en que el puñado de escritores elegidos hace cola para ingresar a la eternidad, mientras los otros son condenados al infierno de la nada, sino también respecto al pasado de nuestra literatura. Se ejerce la censura hacia atrás y hacia adelante. La arbitrariedad mafiosa decreta quién es quién en la cultura nacional. Es de subrayarse que esta revaluación del pretérito, como la apreciación crítica del presente, no está basada en ninguna consideración crítica seria, objetiva, con sólidos fundamentos, sino que se sustenta en los gustos de la mafia o, lo que es peor, en las opiniones personales del dirigente de la misma. (4)
Es obvio que ese espacio de censura y silenciamiento no tiene relación con el valor estético de su obra, sino con sus posiciones políticas. Además de la militancia ya señalada de EGRA, algo semejante se puede reseñar en la biografía de Ayala, Rojas y López Moreno.
Leopoldo Ayala ha sido considerado “El poeta del 68” no por parte del campo poético mexicano, espacio en el cual no se le otorga mayor existencia que su anecdótica presencia en la antología Poesía joven de México, sino por los miembros del Comité 68, por los sindicatos democráticos, por el movimiento urbano popular y por un amplio conjunto de actores sociales cuyo reconocimiento le otorga un lugar en la lucha política de la segunda mitad del siglo XX. Un reconocimiento evidente: la frase “por los compañeros caídos no un minuto de silencio, toda una vida de lucha”, consigna repetida a lo largo de miles de manifestaciones de tonalidades varias (nunca rosas) es un verso de Ayala. Su participación en estas luchas obreras, campesinas y populares junto al grupo Arte Colectivo en Acción lo volvió un rostro infaltable en las marchas, mítines y plantones que, durante 50 años, ocuparon las calles de la Ciudad de México.
Max Rojas se formó en el seno de una familia militante comunista. Rojas militó desde los 18 años en el PCM, lo que lo llevó a distintas faenas en el ámbito de la organización obrera comunista. Max se acercó a la Corriente Democrática del Sindicato Único de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana y al poco tiempo trató de inaugurar el sello editorial del sindicato: Censol, que inició y culminó con la primera edición de su celebrado libro El turno del aullante (1971).
De manera análoga, Roberto López Moreno ha sido un activista cultural denodado: ha participado en movimientos como el de la Nueva Canción, en Tepito Arte Acá o en el Grupo Cultural Maíz Rebelde. Su militancia política, claramente de izquierda, su cercanía con poetas poco estimados entre la crítica literaria tradicional, como los tres arriba señalados, y el poco interés del propio autor por ser parte de grupos de poder, camarillas literarias o modas poéticas, lo coloca en el conjunto de autores cuya lugar en la poesía mexicana intentamos ahora explicar: poetas que se decantaron por hacer una obra de claro y explícito compromiso con su realidad, quienes desde los años sesenta y hasta su muerte acompañaron diversas luchas sociales poniendo su arte poética al servicio de múltiples causas cuyo fondo común es la reivindicación de derechos políticos y sociales de los sectores marginados, desposeídos y con frecuencia reprimidos.
La pregunta entonces es: si la marginación relativa que padecen estos autores, actuantes siempre en el margen de las prácticas hegemónicas del campo poético mexicano, se explica por su decisión de hacerse poetas “revolucionarios”, en el sentido político que tiene la palabra, ¿esto justifica que su no-lugar se explique porque, en realidad, cumplen una función, también ejemplarizante, en el habitus de nuestra tradición? Por supuesto, ese planteamiento resulta falaz. No se trata de buscarles acomodo en ese espacio delimitado que llamamos el “campo literario”, sino, por el contrario, explicar cómo es que su obra y su praxis tanto social como estética no es reductible a los márgenes tradicionales.
Entre la tradición de la ruptura que se establece como nuevo canon y la idea de la resistencia/ militancia/ beligerancia neovanguardista, con raigambre europeísta y anglosajona, representada por los poetas agrupados en torno al Corno Emplumado y al Infrarrrealismo, lo que postulo es la existencia de una corriente transversal que, sin desconocer la existencia de estas posibilidades, se vuelca en la escritura de una poesía situada, que mira más al sur global que al norte hegemónico, que no sólo dialoga sino que milita en la realidad social y procura crear un “arte por el arte de contenido social”, según célebre afirmación de EGRA. Esta corriente puede estudiarse alrededor de un concepto concreto: la existencia de proyectos literarios que trascienden la mera escritura de poemas, que proponen y elaboran discursos estéticos militantes extendidos a lo largo de los años: 1) Para deletrear el infinito de González Rojo (1972-1994); 2) Vivirás América de Ayala (1969-2003); 3) Cuerpos de Rojas (2006 y hasta su fallecimiento); 4) El poemuralismo de López Moreno (1985 hasta el presente).
Resulta significativo el hecho de que, al menos en los últimos 20 años, el corpus crítico y el reconocimiento, primero de los lectores y después de las instituciones, ha buscado resignificar y valorar la obra como estos poetas merecen. No haré ahora el recuento completo de este proceso, baste decir que el trabajo de Jorge Solís Arenazas, Adriana Tafoya, Andrés Cisneros, Carmen Zenil, Iván Cruz Osorio, Leticia Luna, Ángel Carlos Sánchez, y el mío propio, ha permitido abrir los espacios críticos y los recintos públicos para la difusión y la valoración justa de estos cuatro autores.
(1) Miguel Aroche Parra, 53 poemas del 68 Mexicano, México, Editora y Distribuidora Nacional de Publicaciones, 1972; Marco Antonio Campos y Alejandro Toledo (comp.), Poemas y narraciones sobre el movimiento estudiantil de 1968, México, UNAM, 1996; VV. AA., El libro rojo del 68, México, FESEAPP DF AC, 2009.
(2) Paz, Octavio, “Literatura política”, en Obras completas 9. La letra y el cetro, México, FCE, 1995, pp. 425-426.
(3) Escalante, Evodio, La vanguardia extraviada, México, UNAM, 2003, p. 9.
(4) Revista Rumbo, num. 46, México, 15 de diciembre de 1975.
*Jorge Aguilera López. Profesor de literatura en CEPE UNAM y en el Posgrado de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Perú, crítico literario y poeta. Miembro fundador del Seminario de Investigación en Poesía Mexicana Contemporánea. Autor de Glosar rupestre (Versodestierro, 2014).
@jorgeaguileral