¿Vamos a olvidar la sangre derramada de miles de mexicanos, que defendieron la libertad religiosa hace un siglo? ¿Con qué valía defenderemos, hoy, la libertad de expresión contra la censura de Morena, si despreciamos aquella gesta libertaria? ¿Nos acordamos sólo de Hernán Cortés, Benito Juárez, Genaro García Luna, y todos los cuentos que sólo narra a conveniencia el gobierno? ¿Y lo desdeñamos nuestra libertad de creer o no, en un Dios? ¿Fanáticos los cristeros, y memoriosos los obradoristas?
Plutarco Elías Calles, atacó a la Iglesia católica, como hoy Morena ataca los valores occidentales, judeocristianos y la hispanidad. Es odio clasista, divisivo; los pueblos originarios del territorio mexicano son “lo auténticamente” mexicano. Menospreciando los valores de bien común, dignidad humana, fraternidad con el prójimo, solidaridad con los oprimidos, que vienen digámoslo sin tapujos de una moral cristiana, que hace 100 años defendieron, muchos con su vida, los llamados “cristeros”. La libertad es integral, no hay libertad amputada, es decir, sin libertad religiosa no hay libertad. Punto. Vamos a pelear por libertad para televisión, radio y digital, también, para manifestar pensamientos e ideas de Dios, o ideas ateas.
La revolución cristera, la provocó la intromisión de un gobierno en asuntos estricta e íntimamente personales. La “ley Calles” se propuso lastimar a los católicos. Hasta una iglesia “mexicana” se inventó, el patriarca Joaquín Pérez y un esperpéntico papa Eduardo I. (Mario Ramírez Rancaño. “El patriarca Pérez”. UNAM-IIS). Y la persecución y ahorcados no fue novela. Desde el niño michoacano de 13 años José Sánchez del Río martirizado; hasta Zenaida Llerenas, joven de Colima, vejada sexualmente por un todo un regimiento antes de matarla, por colaborar con los rebeldes cristeros.
La jerarquía católica en memoria dolorosa, sin complicidad, reconoce que entre católicos (obispos, digo yo) hubo “dureza de corazón, cálculos políticos… decisiones sin la lucidez… y no siempre ha sabido servir a la verdad…” (CEM, 31 julio 2026). Porque la jerarquía “arregló” esa guerra y traicionaron y asesinaron a muchos creyentes.
Estados Unidos presionaba, José Vasconcelos aglutinaba la oposición de cara a la elección de 1929, el general Escobar estaba insubordinado; Gorostieta, general cristero, estaba a punto de tomar Guadalajara. La lucha triunfaba militarmente en el centro del país. La Liga para la Defensa de la Libertad Religiosa que animó y subvencionó a los cristeros, escribió al papa Pío XI, para oponerse a “los arreglos” con el gobierno. Y el “arreglo” acabó en desarreglo. Los templos se abrieron, tres años después. Y el gobierno no cumplió. “Han muerto más después de los “arreglos” que durante la guerra” (Jean Meyer. “La Cristiada”. T.I. p.337). Todo era mentira. “El modus vivendi se convirtió muy pronto en un siniestro modus moriendi…” (Idem. p.336).
Pues eso pasará con la libertad de pensamiento, expresión y asociación sino la defendemos radicalmente. Sin otros “cálculos políticos”, como confesó un siglo después la Iglesia católica mexicana, que haría bien en expiar esa “culpa”, canonizando al jesuita Agustín Pro y al abogado Anacleto González Flores.
Olvidar esa gesta, es cercenarnos nuestra historia, para que venga un cantamañanas y nos recite como única y verdadera la historia que él diga desde el púlpito fundamentalista del gobierno. Censura y memoricidio, son alimento de los regímenes autoritarios.
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