Hace un par de días entró en vigor un decreto en Argentina que permite expulsar y prohíbe la entrada al país a extranjeros que emitan expresiones de odio contra sus ciudadanos. La medida responde a publicaciones diversas en redes sociales, relativas a su participación en el Mundial 2026.
Utilicemos este hecho y un par de ejemplos relacionados con argentinos para observar cómo se crea y alimenta la polarización social, tema vigente y principal obstáculo de la acción colaborativa que he propuesto en este espacio. De hecho, a menudo recibo la misma pregunta: ¿cómo esperas que trabajemos juntos para resolver problemas públicos, si nuestra sociedad está tan dividida?
La respuesta exige entender el origen de esa división. Más allá de simpatías, antipatías e ideologías, en la raíz de casi todos los conflictos podemos encontrar juicios precipitados y generalizaciones.
El juicio precipitado consiste en condenar sin tener todos los elementos para entender una situación. Un ejemplo reciente: al terminar la final del Mundial, se viralizaron videos acusando a los jugadores argentinos de cometer una "patanada" por mirar hacia la tribuna mientras España recibía la copa. De entrada, a mí también me pareció ofensivo, pero revisando notas y videos en diarios argentinos vi que la tribuna estaba cantando para agradecerles a sus jugadores, y ellos simplemente atendían ese tributo. De manera que lo que desde fuera se juzgó como un desplante, era en realidad un momento espontáneo de gratitud mutua con mal timing.
La generalización, por su parte, toma la falla de un individuo y la convierte en la etiqueta de todo un grupo. Ocurrió con el periodista argentino que declaró en televisión detestar a los mexicanos asegurando que les tenemos envidia. Imagino que pudo haber tenido una mala experiencia individual, pero traducir eso a todo un país es una clara generalización.
Lo que provocan las generalizaciones es un escalamiento absurdo. En días posteriores, miles de mexicanos reviraron -generalizando- contra "los argentinos", burlándose de quienes han trabajado como meseros en nuestro país (denigrando, de paso, la dignidad del trabajo honesto) y calificándolos de engreídos y tramposos.
Lo que yo puedo decir es que conozco muchos argentinos que no son engreídos ni tramposos, y que algunos de los gestos de amabilidad más grandes que he recibido han tenido lugar en ese país.
Así, los juicios precipitados y las generalizaciones son la gasolina de la polarización: sacan lo peor de nosotros y nos llevan a combatir caricaturas.
Este fenómeno también opera cotidianamente en nuestra vida pública. Caemos en el mismo juego cuando asumimos que "todos los políticos son corruptos", "todos los empresarios son insensibles" o "todos los ciudadanos son apáticos". Al encasillar al otro como un enemigo irredimible, anulamos cualquier posibilidad de diálogo y acción común.
Por eso, si queremos un país que funcione mejor, el primer paso es desprendernos de nuestros prejuicios. Buscar el contexto antes de condenar y renunciar a la tentación de generalizar son las condiciones indispensables para sentarnos en la misma mesa a construir algo que valga la pena.
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