El modelo de Westminster, sistema político tradicional de origen británico basado en la soberanía del Parlamento, el bipartidismo y un Poder Ejecutivo fuerte, respaldado por una clara mayoría en la Cámara de los Comunes, elogiado por su estabilidad y su adaptación gradual y pragmática a los tiempos y que fuese emulado y adoptado por países tan diversos como Canadá, India o Israel, parece estar viviendo una crisis terminal.
La sucesión interminable de primeros ministros en la última década -siete desde 2016, que recuerda poderosamente la inestabilidad de la Italia de la posguerra- rompió la imagen de gobierno sólido y predecible que caracterizaba a dicho sistema. De aquellos, sólo tres fueron elegidos en las urnas: David Cameron, en 2015; Boris Johnson, en 2019, y el recientemente dimitido Keir Starmer, votado apenas en 2024. Esto revela una grave crisis de legitimidad del otrora venerable y tricentenario régimen político, en la que los ciudadanos sienten que sus representantes no reflejan sus demandas ni ofrecen soluciones duraderas.
Por otra parte, la irrupción de nuevas fuerzas políticas resquebrajó el bipartidismo clásico entre conservadores y laboristas, dando lugar a una atomización del espectro político y a la formación de coaliciones o gobiernos cada vez más frágiles.
Los partidos políticos emergentes como el Reform Party, del demagogo artífice del Brexit, Nigel Farage o el Green Party, dirigido por el ex liberal-demócrata, Zac Polanski, entregado también al extravío, muestran, con sus proclamas maximalistas y ultramontanas, una tendencia centrífuga que polariza de manera alarmante al electorado británico, tradicionalmente pragmático y cada vez más ideologizado. A esa deriva se suma también el Your Party, del exlíder laborista, Jeremy Corbyn, proponente de un anacrónico estatismo y defensor a ultranza de Hamás y de la teocracia iraní, como demostración de su extremismo.
Finalmente, el ascenso imparable y largamente postergado de los poderes local y regional, como los parlamentos de Belfast, Cardiff y Edimburgo, así como los gobiernos metropolitanos de Birmingham, Manchester o Glasgow ha dado lugar a un reclamo generalizado por una mayor autonomía frente al centralismo histórico de Londres.
No es casual que ese modelo parlamentario -sin una constitución escrita- haya mostrado límites a su proverbial capacidad de gestionar con eficiencia los conflictos y de articular intereses diversos en disputa, después del calamitoso referéndum de junio de 2016, cuando una exigua mayoría, cercana a 52% del electorado, decidió, en forma autodestructiva, poner fin a la pertenencia del Reino Unido a la Unión Europea, dando lugar al Brexit.
El desplome del centro político, representado con matices diversos por laboristas, tories y liberal-demócratas y la fuga hacia los extremos han tenido consecuencias trágicas, como el asesinato de la exdiputada conservadora y actual miembro prominente del Reform Party, Ann Noreen Widdecombe, tristemente célebre por sus opiniones y arengas xenófobas y homófobas, en un país donde la violencia política era rarísima o inexistente.
Pero también burlescas, como la próxima elección parcial por la circunscripción de Clacton, ocupada hasta ahora por Farage, quien forzó dichos comicios al renunciar a su escaño tras una intensa polémica por donaciones no declaradas, buscando un enfrentamiento frontal con el sistema político tradicional, al que tanto ha socavado.
Ante tal reto, el resto de los partidos le hicieron el vacío, al no presentar candidatos a la contienda. Esto dejó como único contrincante de Farage a un personaje satírico que se hace llamar Count Binface (Conde Bote de Basura), cuyo nombre y apariencia simulan un cubo de basura plateado en la cabeza. De ese tamaño la decadencia.
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