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¿Y si sí?

Durante unas semanas, México hizo algo que parecía haber olvidado: creer. Los estadios llenos, las camisetas verdes, la frase en los recibos del súper y en los muros de las ciudades: "¿Y si sí?"

No era solo futbol. Era un permiso colectivo para imaginar que lo improbable podía suceder.

Eso no es menor. En un país donde la esperanza política lleva años desgastándose entre promesas incumplidas, volver a creer tiene valor. El escepticismo permanente no nos hace más críticos; muchas veces solo nos vuelve espectadores. Cuando dejamos de pensar que algo puede cambiar, dejamos también de intentar cambiarlo.

Durante semanas, millones de personas que no comparten casi nada (que se insultan en redes, que votan distinto y desconfían unas de otras) compartieron una misma causa. Sin negociar identidades. Sin pedir que nadie renunciara a lo suyo. Bastó creer que un objetivo común era posible. Que todos somos México.

Eso también es una lección que no debería perderse.

Pero el torneo terminó. Los estadios se vaciaron y la pregunta quedó suspendida, ahora sin la euforia que la hacía tan fácil de sostener.

El problema del "¿Y si sí?" aplicado a la política no es que sea falso. Es que no basta. La esperanza, por sí sola, no transforma instituciones. Sin organización, reglas y trabajo sostenido, termina recorriendo el mismo ciclo de siempre: entusiasmo, decepción y resignación.

Por eso, la pregunta que sigue no es si podemos unirnos. Ya vimos que sí. Es otra.

¿Cómo sí construimos algo juntos cuando el estadio ya se vació? ¿Cómo sí convertimos la emoción de un momento en una cultura de participación? ¿Cómo sí fortalecemos instituciones que sobrevivan a los gobiernos y no dependan de la voluntad de quienes los encabezan?

El "¿Y si sí?" nos recordó que todavía somos capaces de creer. Sobre todo, que todavía somos capaces de unirnos.

Ahora nos toca responder la pregunta que realmente importa: ¿cómo sí?

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