Temis nunca imaginó que acabaría pareciéndose a un árbitro de futbol. La diosa griega de la justicia sostiene una balanza y lleva los ojos vendados porque no debería distinguir entre ricos y pobres, entre gobernantes y ciudadanos. Un árbitro hace algo parecido. Aplica las reglas y, si hace bien su trabajo, pasa desapercibido. El problema empieza cuando deja de hacerlo. O cuando los demás dejan de creer que lo hace.
Por eso llama la atención cómo una palabra como lawfare, que hace unos años apenas se escuchaba, aparece ahora casi a diario. La izquierda la utiliza para denunciar que algunos jueces hacen política. La derecha responde diciendo que el verdadero peligro es un gobierno que pretende controlar la justicia. Unos y otros discrepan en casi todo, pero coinciden en una cosa. Ninguno parece confiar del todo en el árbitro.
Y quizá ahí esté la cuestión. Llevamos demasiado tiempo discutiendo si existe o no existe lawfare. Esa discusión es legítima, pero deja otra pregunta en segundo plano. ¿Por qué la justicia se ha convertido en un objetivo político? ¿Qué ha cambiado para que los jueces ocupen hoy un lugar tan central en la conversación pública?
No hace tanto, los tribunales vivían bastante alejados del ruido político. Hoy una resolución puede alterar una campaña electoral, frenar una ley o poner contra las cuerdas a un gobierno. No porque los jueces quieran gobernar, sino porque sus decisiones tienen cada vez más consecuencias políticas. Y cuando un poder adquiere esa importancia, la política intenta acercarse a él. Ha ocurrido siempre.
Eso es lo que está ocurriendo en España, como en muchos otros países. Basta seguir el debate de cualquier semana. Un día se habla de lawfare. Al siguiente, del Consejo General del Poder Judicial. Después llegan las discusiones sobre la fiscalía o el Tribunal Constitucional. Cambian los nombres, cambian los gobiernos, pero la conversación vuelve una y otra vez al mismo sitio. Ya no se discuten solo las decisiones de los jueces. Se discute a los propios jueces.
Eso no convierte toda investigación en una persecución ni significa que la justicia esté capturada. Significa, simplemente, que la confianza se ha convertido en el bien más escaso.
Pensemos otra vez en el futbol. La FIFA de Gianni Infantino puede organizar un Mundial más grande, incorporar el mejor VAR o llenar los estadios. Todo eso ayuda, pero no basta. Si los aficionados terminan convencidos de que el árbitro favorece a uno de los equipos, el partido deja de importar. Con la democracia ocurre algo parecido. Puede soportar gobiernos malos, jueces que se equivocan y sentencias discutibles. Lo que difícilmente se tolera es la sospecha de que Temis se ha quitado la venda para mirar quién juega cada partido.
Recomendar Nota
