Hay algo extraño en la manera en que el mundo reacciona hoy ante cualquier noticia sanitaria. Del crucero MV Hondius y de la variante Andes del Hantavirus ya no esperamos datos. Esperamos miedo y caos.
Basta que aparezca un crucero aislado, una enfermedad poco conocida y algunos gobiernos dudando para que millones de personas sientan que la historia vuelve a empezar. Y quizá eso dice más de nosotros que del propio virus.
Durante años se pensó que la gran herida que dejó el Covid era económica. Después se habló del impacto educativo o de la salud mental. Pero tal vez la marca más profunda haya sido otra, la política; aprendimos a vivir sospechando.
Sospechamos de los gobiernos cuando intentan tranquilizar. Sospechamos de la OMS cuando pide calma. Sospechamos de los medios porque creemos que exageran, aunque seguimos consumiendo cada alerta como si buscáramos confirmar que el desastre siempre está a punto de regresar.
Las redes sociales empeoran todo. Antes el miedo viajaba a la velocidad de los noticieros. Hoy viaja a la velocidad de un algoritmo. Un rumor tarda minutos en instalarse. Una explicación científica tarda días en ser entendida. Y para entonces la ansiedad ya ganó la partida.
Además, la historia tiene una estética inquietantemente cinematográfica. Un barco navegando entre puertos que dudan en recibirlo parece una escena escrita por Hollywood. Gobiernos discutiendo, pasajeros confinados, mapas marítimos en televisión y millones de personas siguiendo el recorrido como si esperaran el siguiente giro dramático. La imagen del crucero termina siendo más poderosa que el propio virus.
Por eso algunos países reaccionan con dureza casi automática. Prefieren exagerar precauciones antes que arriesgarse a quedar como irresponsables. La política también quedó traumatizada.
Lo más inquietante es que ya no hace falta una pandemia real para producir efectos reales. El miedo por sí solo puede mover mercados, alterar decisiones políticas y paralizar sociedades enteras.
Si el Covid cambió la manera en que las personas miran a la política y desconfían de las instituciones, este crucero hollywoodense parece confirmarlo. Ya no basta con controlar un virus. Ahora también hay que intentar controlar el miedo.
Recomendar Nota
