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Se acabó el Mundial, México sigue aquí

Durante varias semanas, México volvió a creer. Millones de personas nos pusimos la misma camiseta y nos reunimos para ver jugar a nuestra selección. Gritamos, sufrimos y celebramos juntos. Por un momento dejamos de lado nuestras diferencias, todos queríamos lo mismo, todos estábamos del mismo lado.

Por eso, gracias a nuestra selección nacional. Gracias por emocionarnos, por hacernos creer que se podía, por recordarnos la alegría de celebrar juntos. Gracias por devolvernos, aunque fuera durante unas semanas, una sensación que en México parece cada vez más escasa: la esperanza compartida.

El Mundial nos recordó que los mexicanos todavía somos capaces de unirnos. Pero no es la primera vez que lo demostramos, lo hemos hecho también en nuestros momentos más dolorosos. Cuando un terremoto derrumba edificios, antes de que llegue cualquier autoridad ya hay ciudadanos formando cadenas humanas para retirar escombros, llevar agua y preparar alimentos. Cuando un huracán destruye comunidades enteras, aparecen centros de acopio, voluntarios, médicos y familias dispuestas a ayudar. Lo hemos visto una y otra vez: frente a la tragedia, México también sabe organizarse, sabemos ayudarnos, trabajar juntos y confiar en el de al lado. 

Lástima que tengamos que esperar un Mundial o una tragedia para recordar que somos parte del mismo país, porque mientras millones nos ponemos la camiseta de México para apoyar a once jugadores en una cancha y miles se organizan espontáneamente para salvar vidas después de un desastre, seguimos sin encontrar la manera de construir esa misma unidad todos los días para construir juntos un México ganador. 

Somos capaces de llenar estadios, plazas y calles para celebrar un gol, pero no hemos logrado construir la misma fuerza colectiva para exigir seguridad, justicia y buenos gobiernos. Nos indignamos juntos ante una injusticia arbitral, pero no siempre frente a una desaparición, un feminicidio o el asesinato de un joven. Hemos normalizado cosas terribles y vivimos en la polarización cuando todos deberíamos estar enfocados en lo mismo: construir un México ganador, un México próspero y sobre todo un México en paz. Un país donde nuestras familias puedan salir de casa y regresar seguras, donde una madre no tenga que agarrar una pala para buscar a su hijo desaparecido, donde estudiar y trabajar sirvan para salir adelante, donde emprender no sea una carrera de obstáculos, donde las medicinas estén en los hospitales. Un país donde la ley se aplique a todos y el la haga la pague. Esa debería ser nuestra camiseta común.

La Selección también nos dejó otra lección que duele: para competir no basta con desear ganar y dejar todo en la cancha. Se necesita preparación, disciplina, estrategia y trabajo en equipo. Las porras ayudan, pero no sustituyen los resultados. Con el país pasa igual, México necesita rumbo, instituciones fuertes y gobiernos eficaces. Sobre todo, necesita recuperar la idea de que somos parte del mismo equipo.

El Mundial terminó para México, pero México sigue aquí con millones de familias que trabajan todos los días para salir adelante. Siguen aquí la violencia, las desapariciones y la incertidumbre económica, pero también el México que vimos durante el Mundial, el mismo que aparece después de cada terremoto y de cada huracán, el México que se organiza, que ayuda y que se solidariza. Ese México que tendría que aparecer todos los días. Ese es el reto: aprender a construir juntos sin necesitar primero un gol que celebrar o una tragedia que enfrentar. 

Gracias a nuestros jugadores por la emoción, por la entrega y por hacernos creer que se podía. Ahora nos toca a nosotros, porque la camiseta de México debería usarse todos los días y el partido más importante es construir, juntos, el país que sabemos que podemos ser.

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