La Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA), en 1904, en París, Francia, con el fin de supervisar las competiciones internacionales entre las asociaciones nacionales y cuya sede actual reside en Zúrich, Suiza, congrega a un total de 211 federaciones nacionales miembros. En contraste, el Comité Olímpico Internacional (COI) reconoce 206 Comités Olímpicos Nacionales activos en tanto que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) cuenta apenas con 193 estados miembro y dos Estados asociados, El Vaticano y el Estado palestino.
Bajo esa pretensión de universalidad, la FIFA se ha ufanado, históricamente, de su independencia y neutralidad en su toma de decisiones, respecto de posibles presiones de parte de gobiernos nacionales y grandes corporaciones. No siempre ha sido así, lo cual ha suscitado sospechas, rumores y acusaciones acerca de supuestos arreglos y enjuagues hechos en las oficinas de la Federación, al margen de los resultados en las canchas.
En el Mundial de Futbol celebrado en Italia en 1934, la segunda copa celebrada en la historia, el dictador fascista Benito Mussolini presionó al organismo, primero para que le concediera la sede, aparentemente mediante sobornos, y luego para utilizar la justa como escaparate propagandístico para su causa. Así, los estadios a lo largo y ancho de Italia se atestaron de multitudes fervorosas que recibieron al equipo local con saludos fascistas con el brazo extendido por todo lo alto. Para el dictador italiano, el torneo se convirtió en el escenario perfecto para difundir el fascismo a una audiencia global.
Durante la realización del certamen hubo imputaciones y reproches que aseguraban que el dictador habría ejercido influencias y coacciones indebidas para garantizar el triunfo de la squadra azzurra. Aunque nunca se demostró cabalmente un amaño directo de partidos, la final de la Copa del Mundo de 1934 entre Italia y Checoslovaquia sigue siendo considerada una de las más controvertidas de la historia del futbol debido a la grave intimidación política que la envolvió y al cuestionable arbitraje que se verificó en ese partido.
De modo similar, en el Mundial celebrado en Argentina en 1978, la dictadura militar de aquel país presionó fuertemente a la FIFA, utilizó propaganda y manipuló la percepción internacional durante la justa para encubrir sus brutales crímenes, perpetrados bajo la "guerra sucia" contra la disidencia. Hubo también fuertes acusaciones sobre encuentros amañados, como el que enfrentó a las selecciones argentina y peruana, en la que primera obtuvo una contundente y muy sospechosa victoria de 6 a 0.
En el partido celebrado entre las escuadras de Estados Unidos y Bosnia-Herzegovina en el Mundial presente, el delantero Folarin Balogun, principal estrella del llamado Team USA, recibió una tarjeta roja por una fuerte entrada sobre Tarik Muharemovic. La sanción acarreaba, además, una suspensión para el siguiente partido.
Fiel a su proverbial prepotencia, el mandatario estadounidense, Donald Trump, llamó al principal jerarca de la FIFA, Gianni Infantino, para exigirle la revisión de la punición impuesta al delantero. Ante el estupor y la indignación generalizadas, la Comisión Disciplinaria de la FIFA decidió, de manera inédita, dejar la sanción de un partido en suspenso. Esto habilitó a la estrella norteamericana para jugar los octavos de final contra Bélgica, desatando un escándalo internacional por injerencia política injusta en el torneo.
Al final prevaleció la justicia poética. Pese a las abiertas intimaciones del mandatario estadounidense, los Diablos Rojos, como es conocida popularmente la selección belga de futbol, goleó 4 a 1 a su contraparte de las barras y las estrellas, eliminándola de la competencia. Muchos bromearon medio en veras y medio en sorna, que cabe esperar ahora nuevos aranceles norteamericanos contra el chocolate belga.
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