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Información para decidir con libertad

¿Y si sí?

Es domingo al mediodía y estoy escribiendo esta columna antes del partido de México contra Inglaterra. Usted, en cambio, probablemente la leerá después. Es decir, usted tendrá algo que yo en este momento no tengo: información.

Me encantaría esperar al silbatazo final y escribir con la comodidad de quien opina después de los hechos. Pero la edición no entiende de tiempos extra.

Así que hoy haré algo imprudente, escribiré antes de saber. O peor, escribiré como si supiera. Voy a poner en palabras lo que millones de mexicanos hemos estado haciendo estos días con una mezcla de entusiasmo, miedo e ilusión. Imaginar que esta vez sí.

Porque el “¿y si sí?” se nos salió de control.

Empezó como meme, que es la forma contemporánea de decir cosas serias sin admitirlo. Luego se volvió frase de sobremesa, contraseña familiar, defensa contra la decepción y permiso colectivo para ilusionarnos. Lo decimos riéndonos porque en México la esperanza casi siempre entra disfrazada de sarcasmo.

Pero algo pasó. La frase dejó de sonar a broma y empezó a parecer una posibilidad.

Además, el contagio no se quedó en el futbol. Isaac del Toro ganó la etapa 2 del Tour de Francia. En Silverstone, el piloto Rafael Villagómez subió al podio en la Fórmula 2. Y de pronto pareció que el universo deportivo había decidido compensarnos por años de sufrimiento.

Y entonces llega el partido.

Imaginemos.

Cayó una tormenta con fuerza antes del partido y, aun así, el estadio está lleno. El estadio está lleno. En las casas hay botanas, camisetas, nervios y supersticiones. Alguien ya decidió que si México gana será porque se sentó en la misma silla que en el partido pasado.

El himno retumba en el Azteca y a más de uno se le quiebra la voz. Inglaterra sale con esa calma irritante de quien parece haber nacido sabiendo ubicarse en la cancha. México empieza corriendo con una mezcla de estrategia y adrenalina.

Los primeros minutos son tensos. Inglaterra toca. México presiona. Nosotros dejamos de respirar. Hay una llegada inglesa que pasa cerca y provoca silencio nacional.

Luego México responde. Recupera el balón, sale rápido, llega al área. Todos gritamos gol antes de tiempo, porque también somos un país de optimistas imprudentes. No entra. Pero pasa cerca.

El primer tiempo termina cero a cero. Los analistas piden orden, las tías piden cambios. Comentamos que la altura va a mermar la condición de los ingleses en el segundo tiempo. Nadie está tranquilo, pero todos fingimos madurez futbolística.

En el segundo tiempo llega el momento.

Puede ser de cabeza en un tiro de esquina. Puede ser en un contragolpe. Puede ser un rebote absurdo, una rodilla bendita. No importa. A estas alturas no estamos exigiendo estética. Estamos negociando con la historia.

El balón entra.

México mete gol.

Y el país grita. Se caen promesas de sobriedad, diagnósticos tácticos y maldiciones familiares. Después, por supuesto, viene el sufrimiento. Porque un triunfo mexicano sin sufrimiento sería de mal gusto. Inglaterra se va encima. El reloj se vuelve un objeto hostil. Alguien pide la hora. Alguien reza.

Y entonces termina.

México gana.

No sé si cuando usted lea esto esta columna será una crónica visionaria o la prueba documental de mi imprudencia. La escribo antes, cuando todavía todo es posibilidad. Pero quizá por eso mismo vale la pena escribirla. Porque hay momentos en los que un país necesita imaginarse ganando antes de ganar. Necesita ensayar la alegría. Necesita recordar que la esperanza también es una forma de resistencia.

Tal vez la realidad habrá sido más dura, más dramática o más hermosa que cualquier columna escrita de antemano. Pero hoy, domingo al mediodía, antes del partido, antes del gol, me atrevo a dejar por escrito lo que tantos mexicanos hemos sentido estos días.

Que queremos creer.

Que nos hace falta creer.

¿Y si sí?

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