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De la fiesta a la tragedia

El futbol debe ser una fiesta. No lo dice el Antiguo Testamento, pero se sabe que Dios, al octavo día, después de crear el mundo y tomarse un merecido día de descanso, advirtió que algo faltaba a su magna creación y dispuso que en el siglo XIX después de Cristo, su amadísimo hijo, los hombres inventaran ese deporte que fascinaría a los seres humanos y sería el que tendría más aficionados en la tierra.

Desde que se inventó el futbol ––lo que debemos agradecer por siempre a los ingleses––, Dios, desde las alturas, se asoma divertido a presenciar los mejores partidos, no cualquier juego, sino, por ejemplo, los de la Champions o los del Campeonato Mundial. Le divierte que, cuando se va a tirar un penalti, tanto el tirador como el portero le rueguen que el designio divino les favorezca. Pero el Señor no interviene: observa, disfruta sin tomar partido.

Dios pensó el futbol como una gran celebración de los seres humanos. Lo comprendió el inolvidable e insustituible Ángel Fernández cuando lo bautizó como el “juego del hombre”. Entonces solamente había ligas varoniles, pero hoy por fortuna también las hay femeniles y millones de mujeres son aún más aficionadas que los varones entusiastas del balompié.

El futbol debe ser un festejo. Nada más contrario a eso que los energúmenos que agreden a quienes son seguidores del equipo adversario o quienes aprovechan las celebraciones para dar rienda suelta a sus pulsiones criminales. La muerte de celebrantes de la victoria del martes pasado de la selección mexicana, asfixiados por sofocamiento o con traumatismo múltiple, aplastados por la multitud, es una desgracia que desnaturaliza, degrada, envilece a la fiesta del futbol.

Entre la muchedumbre había descerebrados que disfrutaban aventando a los demás a pesar de que era evidente el altísimo riesgo de empujar sin ton ni son a quienes se tenía cerca. La turba pasaba por encima de quienes se caían. Se deshumanizaba, se embrutecía. Algo en la mente hacía actuar al gentío sin miramientos ni consideraciones. El festejo se volvió un infierno.

Dios lloraba desconsolado, inconsolable, amargo, mientras presenciaba cómo miles de sus creaturas, en el frenesí del triunfo, renunciaban a su condición de seres racionales y convertían la fiesta en irresponsabilidad, importamadrismo, sinrazón y muertes. Si toda muerte es dolorosamente irreversible, las de la noche de la victoria de México sobre Ecuador fueron, además, absurdas.

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