Una de las estrategias más eficaces de los autoritarismos contemporáneos radica en convencer a la ciudadanía de que el periodismo libre, profesional e independiente es un enemigo. Vaciar de credibilidad a los medios de comunicación y desacreditar sistemáticamente a quienes investigan y cuestionan al poder es tarea permanente del populismo.
La censura en este siglo ya no va con clausuras o prohibiciones para publicar. Adopta mecanismos más sofisticados: uso faccioso de la publicidad gubernamental, persecución fiscal, litigios intimidatorios, ejércitos para linchamientos digitales; acceso restringido a información, filtraciones selectivas y un discurso oficial sistemático para estigmatizar a quien tenga pensamiento propio. Se destruye la confianza en el ejercicio periodístico y se siembra la idea de que toda investigación obedece a intereses ocultos.
Estas tácticas facilitan que la autoridad deje de responder, aclarar o refutar hecho por hecho y entierre la credibilidad de quienes los revelaron. Además, cuando la descalificación proviene desde las altas esferas del Estado, se abre la puerta para que quienes ejercen violencia contra la prensa se sientan legitimados.
En México, no hay semana que no se registre un nuevo ataque al periodismo independiente. Entre los más recientes destaco la aplicación de la nueva ley potosina que encarceló a periodistas, las amenazas de un secuestrador a Ciro Gómez Leyva, la reacción del sindicato del Metro de la CDMX para que se castigue a quien reveló sus abusos al diario Reforma o el anuncio presidencial de próximas formas de control en las redes sociales.
La presidenta Sheinbaum llevó al extremo el desmantelamiento de las instituciones democráticas que garantizaban vigilancia y equilibrio de poderes, se esfuerza por cancelar motivos para la reconciliación y la unidad nacional y mantiene diariamente la confrontación con quienes revelan la realidad que le incomoda. La ruta se presenta con mayor nitidez: desaparecer los controles para limitar el poder del partido gobernante y construir una sola conversación nacional.
A la estrategia discursiva oficial se suma la asociación con la delincuencia que deriva en impunidad galopante. Si hoy México está catalogado como el país más peligroso del mundo para ejercer el periodismo fuera de zonas de guerra, se entiende que las zonas de silencio -esas donde ya no se informan acontecimientos relevantes- vayan en aumento. Ya lo advertía desde 2024 la organización internacional Reporteros sin Fronteras al señalar directamente a López Obrador por “… su fracaso indiscutible. Además del espantoso número de periodistas que han perdido la vida, no se ha implementado ninguna reforma del sistema de protección de la prensa”.
Hoy vivimos bajo mayores riesgos. Los atentados, desapariciones y asesinatos de periodistas continúan aumentado, se ha normalizado la narrativa de confrontación y el futuro se avisora oscuro porque todos perdemos cuando se vuelve más difícil el trabajo de quienes investigan, verifican y exigen cuentas al poder. Es decir, cuando vivir en democracia va quedando más lejos.
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