Un reportaje publicado en el New York Times el 27 de junio, firmado por Steve Fisher y Jack Nicas (reconocidos por cubrir sistemas de justicia criminal en México y América Latina) y por Alan Feuer, especialista en investigaciones sobre el Departamento de Justicia de Estados Unidos, revela algo incómodo para el régimen morenista. Testimonios de al menos ocho personas relacionadas con investigaciones en ese país describen cómo una decena de funcionarios mexicanos, entre ellos gobernadores y legisladores, la mayoría morenistas, se ha acercado a autoridades estadounidenses para ofrecer información sobre otros integrantes de su propio ámbito político.
En pocas palabras, hay una lista de morenistas miedosos que buscan adelantarse a investigaciones que pudieran centrarse en ellos. Como se dice en el argot popular, se quieren curar en salud, y en otros lados les dirían soplones que buscan salvar su pellejo. Para el resto de los mexicanos es una confirmación de que el discurso de la soberanía nacional solo sirve para proteger al movimiento.
Cuando de defender la soberanía se trata, los morenistas se pintan solos, y en los últimos meses se ha convertido en su especialidad, al menos en el discurso.
Si contamos las veces que la presidenta Sheinbaum ha invocado la soberanía ante las investigaciones del gobierno de Estados Unidos, nos sorprenderíamos. Es la frase más utilizada para exaltar a la nación y, de paso, para tapar el chiquero infinito en el que se ha convertido el movimiento, porque esas investigaciones buscan documentar los vínculos de varios morenistas acusados de colaborar, pactar y asociarse con el crimen organizado para ganar elecciones y traficar drogas al país vecino.
La defensa de la soberanía ha motivado movilizaciones y discursos en fechas patrias. Se repite en las mañaneras, en los mensajes de legisladores, en mitines por todo el país. Es toda una arquitectura discursiva y, según algunas encuestas, explica por qué la presidenta conserva niveles de aprobación elevados a pesar del desprestigio creciente de su movimiento.
A base de repetición detectaron que ese mensaje conmueve a ciertos sectores y hace ver a Sheinbaum como una figura que con valentía defiende que nuestro territorio no sea pisoteado por fuerzas extranjeras.
El 31 de mayo, en el Monumento a la Revolución, la presidenta insinuó que sectores de ultraderecha estadounidense mueven los hilos para que los morenistas sean investigados: "¿Es realmente un interés legítimo para combatir a la delincuencia organizada?… ¿O quizá estamos viendo cómo sectores de la ultraderecha estadounidense utilizan a nuestro país para posicionarse rumbo a sus elecciones? Ya no estamos hablando de cooperación, estamos hablando de injerencia".
Por eso el reportaje del New York Times es un descalabro a la narrativa oficialista, porque exhibe su contradicción permanente: por un lado, la defensa contra agencias extranjeras acusadas de intervenir en nuestra política, y por el otro, morenistas buscando cooperar con esas mismas agencias para delatar a otros y salvarse, igual que ya hicieron Los Chapitos y El Mayo, quienes hoy colaboran con fiscales estadounidenses, así como el exsecretario de seguridad de Sinaloa y su extesorero.
La presidenta exige pruebas contundentes contra los señalados por pactar con el crimen organizado; al mismo tiempo, sus propios correligionarios corren a buscar a esas mismas autoridades estadounidenses para contar lo que aquí sucede.
Me pregunto cuántos de los mencionados por el NYT pronunciaron discursos reprobando la injerencia extranjera, aunque tal vez nunca lo sabremos. Me pregunto también qué viola más la soberanía nacional: colaborar con agencias de Estados Unidos para desmantelar laboratorios del narco, o ir a delatar a políticos mexicanos para salvar el propio pellejo.
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