Durante las últimas semanas, millones de mexicanos hemos estado pendientes del Mundial, celebramos victorias y lamentamos derrotas. Cada partido es decisivo y cada resultado cambia el ánimo de un país. Pero mientras la atención está puesta en las canchas, México está por enfrentar un partido crucial para nuestro futuro, cuyo resultado no se medirá en goles, sino en empleos; no en puntos, sino en inversiones; no en trofeos, sino en oportunidades para millones de familias. Ese partido es la revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá, el T-MEC.
Sin lugar a duda, el T-MEC es el acuerdo comercial más importante para nuestro país. Cerca de 80% de las exportaciones mexicanas tienen como destino Estados Unidos y millones de empleos dependen, directa o indirectamente, de esa relación económica. Lo que ocurra en esa negociación tendrá un impacto inmenso en la vida cotidiana de los mexicanos, por ello vale la pena analizar las condiciones en las que estamos llegando ahí.
El contexto internacional ha cambiado, Estados Unidos ha endurecido su política comercial y privilegia cada vez más la relocalización de industrias estratégicas, la seguridad de las cadenas de suministro y la protección de sus sectores productivos. Canadá también ha expresado preocupaciones sobre el incumplimiento de diversos compromisos asumidos por México. A ello se suman algunos desacuerdos en temas como la política energética, reglas de inversión y el cumplimiento de algunos capítulos del tratado.
La revisión del T-MEC no ocurrirá en un ambiente de confianza automática, será una negociación exigente, técnica y profundamente política. En la mesa estarán algunos de los temas más sensibles para la competitividad de América del Norte: el cumplimiento de las reglas de origen, particularmente en la industria automotriz; la política energética mexicana y el acceso de empresas privadas al mercado; las controversias en materia laboral; el comercio digital y los flujos de datos; la seguridad de las cadenas de suministro; así como la creciente competencia con China y la necesidad de evitar que terceros países utilicen a México como plataforma para eludir las reglas comerciales de la región. No será una negociación sencilla porque, además de los aspectos técnicos, estará inevitablemente influida por consideraciones políticas y de seguridad nacional.
Los riesgos son evidentes, las señales de incumplimiento, incertidumbre jurídica y debilitamiento institucional nos restan competitividad como país. Ningún equipo llega fortalecido a un partido decisivo si antes debilitó su propia defensa. Sin embargo, entre las ventajas que México tiene, además de una ubicación geográfica privilegiada, es que cuenta con una plataforma manufacturera altamente integrada con América del Norte, una fuerza laboral experimentada y una oportunidad histórica derivada del fenómeno de relocalización de empresas. Pocos países tienen una posición tan favorable para atraer inversión y generar crecimiento. Pero las ventajas naturales no ganan partidos por sí solas, el reto es ser capaces de generar la confianza tanto a nuestros pares en el acuerdo comercial, como a inversionistas y empresas, y demostrar que podemos cumplir los compromisos que firmamos.
La revisión del T-MEC debe entenderse como una oportunidad para fortalecer la integración de América del Norte en un momento de enorme competencia global. Como en el futbol, una buena plantilla no garantiza el campeonato si falta estrategia, disciplina y coordinación. Se requiere preparación técnica, visión de largo plazo y, sobre todo, credibilidad frente a nuestros socios comerciales.
El verdadero partido para México apenas comienza y será crucial demostrar nuestra capacidad de consolidarnos como el socio más confiable de América del Norte. De ello dependerán futuras inversiones, generación de empleos y nuevas empresas que decidan establecerse aquí, lo cual es crucial para lograr crecimiento económico tras años de estancamiento.
Recomendar Nota
