¿Qué estarías dispuesto a hacer si desapareciera tu hijo o tu hija?
Detente un momento y piensa en ello. Imagina esperar una llamada que nunca llegó, despertar cada mañana sin saber si tu hijo sigue con vida o está muerto. Imagina recorrer hospitales, ministerios públicos, cárceles, morgues y caminos de terracería buscando una pista. Imagina que pasan los meses y los años sin respuesta. Imagina que el Estado, cuya obligación es buscarlo, simplemente no lo hace.
Eso es lo que viven miles de madres buscadoras en México, porque nadie, más que ellas, está buscando a sus hijos. Por eso resulta indignante escuchar las críticas contra las manifestaciones que han realizado durante el Mundial. Quienes las acusan de “arruinar la fiesta”, de “dar mala imagen al país” o de “politizar el deporte” parecen haber olvidado una pregunta fundamental: ¿y si fuera tu hijo?
Porque cuando desaparece un hijo se rompe la vida y eso es lo que están viviendo ellas.
Ninguna madre sale a bloquear calles, a marchar o a protestar por gusto. Lo hacen porque la desesperación las obliga, la respuesta del Estado no ha llegado y sus hijos tampoco. Lo hacen porque ya agotaron todas las puertas institucionales, porque nadie las escuchó y, lo que es peor, porque las autoridades no están buscando a sus hijos. Las madres buscadoras no son adversarias, son víctimas de un país que les falló.
Durante años, México construyó un marco jurídico para atender esta crisis. Ahí están la Ley General de Víctimas y la Ley General en Materia de Desaparición Forzada de Personas, Desaparición Cometida por Particulares y del Sistema Nacional de Búsqueda de Personas. Sobre el papel existen derechos, mecanismos, instituciones y obligaciones, en la realidad, para miles de familias, esas leyes son letra muerta.
Las comisiones de búsqueda carecen de recursos suficientes, las fiscalías acumulan expedientes sin resolver, los procesos de identificación forense no avanzan, y mientras tanto, son las propias madres quienes salen al campo con una pala y una fotografía en la mano. Son ellas quienes excavan la tierra, quienes localizan fosas clandestinas, quienes encuentran restos humanos, quienes hacen el trabajo que debería realizar el Estado mexicano y lo hacen prácticamente solas. Se gastan lo poco que tienen en transporte, gasolina, herramientas, alimentos y hospedaje. Organizan colectas, piden prestado, renuncian a empleos, sacrifican su patrimonio. Todo para seguir buscando a quienes más aman.
No buscan privilegios, protagonismo o reflectores, buscan a sus hijos. Por eso resulta especialmente doloroso que, en lugar de recibir comprensión, muchas veces reciban insultos, que se les exija guardar silencio para no incomodar, que se les pida esperar pacientemente cuando llevan años esperando y que la presidenta prefiera recibir en la mañanera al pato Merlín, que escuchar a las madres buscadoras que llevan años pidiendo audiencia. La empatía no debería ser tan difícil.
Las madres buscadoras no piden privilegios ni trato especial, piden ser escuchadas por quien encabeza el Estado mexicano y que el gobierno convierta en prioridad una crisis humanitaria que ha marcado a cientos de miles de familias mexicanas. Nadie puede exigirles discreción cuando la indiferencia ha sido la respuesta que han encontrado durante tanto tiempo, porque si el Estado estuviera buscando a sus hijos con la urgencia que merece una desaparición, ellas no tendrían que salir a las calles. Si las instituciones funcionaran, no tendrían que cavar con sus propias manos.
Por eso hay que tener empatía, porque mientras millones celebramos que el balón ha regresado a casa con la Copa del Mundo, miles de familias siguen esperando que sus hijos regresen a la suya y para las madres buscadoras la búsqueda continúa.
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