Si toda la vida te dijeron que eres un martillo, terminarás viendo clavos por todas partes. Si las reglas del juego te obligan a pensar en términos de apoyos electorales, terminarás viendo votos en todas partes. No ciudadanos con problemas concretos. No comunidades con necesidades reales. Votos, votos, votos.
Los partidos políticos en México llevan décadas perfeccionando una sola habilidad: ganar elecciones. Movilizar, construir narrativas, controlar territorios. Lo hacen cada vez mejor. El problema es que gobernar exige capacidades completamente distintas, y nadie desarrolla lo que no necesita para sobrevivir.
La legislación prohíbe que los partidos operen programas sociales para evitar que condicionen beneficios al voto. La intención es razonable. El efecto es paradójico: partidos con escasa presencia comunitaria, poca experiencia ejecutando y casi ninguna resolviendo problemas concretos. Como Edipo, el intento de evitar un destino termina produciéndolo. La solución diseñada para contener el clientelismo genera organizaciones que, al llegar al poder, solo saben reproducirlo desde el gobierno.
Así llegan: con años de entrenamiento electoral y poco músculo para gobernar. Con vínculos construidos para movilizar electores, no para atender comunidades.
Esto no es solo una falla de diseño. También es una cuestión de voluntad. Desarrollar otras capacidades implica compartir poder, reconocer límites y destinar recursos a actividades que no se traducen en votos inmediatos. Tiene costos reales, y pocos están dispuestos a asumirlos.
El verdadero reto no es solo reconocerlo. Es hacer las dos cosas al mismo tiempo: cumplir con lo que el sistema exige para sobrevivir, mientras simultáneamente construyes los vínculos y las capacidades que gobernar va a requerir. Con los mismos recursos. En el mismo tiempo. Sin garantía de que funcione. Quienes estamos en política tenemos que asumir esa tensión, no como excusa, sino como la dificultad real que es.
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