Guadalajara, Jal.- Además de dividir terrenos y opiniones, en Jalisco las bardas sirven para pintar los nombres de políticos genéricos de manera descarada en acciones propagandísticas anticipadas, crear horribles murales mundialistas y contener humedad, raíces y críticas ciudadanas.
Todos pueden posicionarse en ellas. Al final, la ley electoral no es algo que importe e impacte dentro del Instituto Electoral y de Participación Ciudadana del estado, ya que ese organismo se encuentra dormido en sus laureles sin mover un dedo ante la descarada exposición política en la que se invierte dinero público.
Desde hace semanas, políticos de Morena han hecho lo que han querido en cuanta barda se les ponga enfrente. Los de Movimiento Ciudadano se han atrevido a criticar esa acción, pero al mismo tiempo hacen “activaciones” los fines de semana para promoverse descaradamente sin consecuencia legal alguna.
Pero lo que no puede hacerse bajo ningún motivo en una barda de la ciudad mundialista es acercar una lata de aerosol y dispararla. De ser el caso, la ira divina se despierta. Prohibido el grafiti de barrio, pero bienvenido el de políticas y políticos que sólo firmarán la pared para que conste su existencia, pues nunca más se sabrá de ella o él en la colonia.
Ahí, en los tags contestatarios, sí aparecen las autoridades, los reglamentos, las multas y el discurso sobre rescatar el espacio público. Ahí es donde te detienen y te ponen a pintar sobre lo pintado.
¿No tienes presupuesto público, fuero o padrino político? Mala suerte: te toca servicio comunitario. En la lógica actual, el aerosol ciudadano ensucia mientras la propaganda institucional embellece; el rayón espontáneo es vandalismo, pero la cara sonriente de un aspirante adelantado es participación democrática.
Y así, Guadalajara y otros municipios de la metrópoli se han convertido en galerías involuntarias del cinismo político. Aunque oficialmente las campañas in-ter-nas inician hasta finales de año, ya hay nombres de quienes eventualmente jurarán cambiar la historia de su municipio. La historia de siempre, versión 2026.
Honestamente, la ¿estética? de la política siempre ha sido un sinsentido. En una colonia enmarcada por el olvido, lo único que luce impoluto suelen ser, precisamente, esas bardas blancas con letras del color del partido que jura y perjura que salvará a las personas.
Esa es la ciudad de la pose. Una donde la ley se aplica dependiendo del tamaño del patrocinador. Porque si un joven se atreve a pintar una consigna feminista, una denuncia por desapariciones o simplemente un tag del barrio que representa, probablemente la barda amanecerá cubierta de gris en cuestión de horas. Pero la historia será distinta si alguien decide pintar un apellido acompañado de colores partidistas, porque así la obra adquiere una protección patrimonial.
Lo mismo ocurre con los murales mundialistas que comenzaron a multiplicarse rumbo a 2026. Bajo el argumento de proyectar una ciudad moderna y futbolera, las paredes fueron maquilladas con balones gigantes, jugadores sonrientes y frases vacías sobre unión y fiesta. Disfraz para el turismo en bardas, mientras debajo de la banqueta se trata de ocultar la crisis de desaparecidos.
La falta de acción de la autoridad electoral se cuece aparte. Ésta nos deja muy en claro que no hay incomodidad en la pintura, pero sí en quien sostenga la lata de aerosol. Unos, los que tienen el poder del partido, plasman nombres y mentiras; otros, los que se ciñen a la lógica transgresora del grafiti, muestran rebelión y realidad.
Y justamente ahora, lo mejor para el turismo es dejarlo embelesado con maquillaje y no con grafitis espontáneos que demuestran que los dueños de las bardas son todos, excepto los inconformes. Y los inconformes nos contamos por millones.
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